María Rosenfeldt Allende (Madrid, 35 años) es una princesa de la mística doméstica. Un título oficioso que no la sitúa ni en la realeza ni en la grandeza de España. Es una nomenclatura heredada por parte de madre con la que ha aprendido a hacer realidad la sublimación de lo cotidiano; a vivir la vida de manera poco convencional, a relacionarse con la naturaleza de manera cuidadosa o a admirar la belleza desde el costumbrismo sin sentir frivolidad. Hija de la fotógrafa Bárbara Allende Gil de Biedma, la inolvidable y polifacética Ouka Leele —fallecida en mayo de 2022—, Rosenfeldt estudió diseño de moda y la carrera de arpa y piano, además de tener formación en yoga y nutrición. También ejerce de modelo y llegó a tener, durante una década, su propia firma de moda —Heridadegato—, que cerró cuando llegó la pandemia. Hace casi cuatro años comenzó a encargarse del patrimonio artístico de su progenitora de la mano de Rocío Santa Cruz, la galerista barcelonesa de Ouka Leele, con la que está aprendiendo el oficio de gestora cultural en las labores de conservación, revalorización de fondos, exposición y venta estratégica de obras.
Diseñadora, arpista y modelo, desde 2022 es la gestora del patrimonio artístico de su madre, una de las fotógrafas españolas más singulares de la segunda mitad del siglo XX. Charlamos con la joven madrileña sobre la responsabilidad de mantener y difundir su legado
María Rosenfeldt Allende (Madrid, 35 años) es una princesa de la mística doméstica. Un título oficioso que no la sitúa ni en la realeza ni en la grandeza de España. Es una nomenclatura heredada por parte de madre con la que ha aprendido a hacer realidad la sublimación de lo cotidiano; a vivir la vida de manera poco convencional, a relacionarse con la naturaleza de manera cuidadosa o a admirar la belleza desde el costumbrismo sin sentir frivolidad. Hija de la fotógrafa Bárbara Allende Gil de Biedma, la inolvidable y polifacética Ouka Leele —fallecida en mayo de 2022—, Rosenfeldt estudió diseño de moda y la carrera de arpa y piano, además de tener formación en yoga y nutrición. También ejerce de modelo y llegó a tener, durante una década, su propia firma de moda —Heridadegato—, que cerró cuando llegó la pandemia. Hace casi cuatro años comenzó a encargarse del patrimonio artístico de su progenitora de la mano de Rocío Santa Cruz, la galerista barcelonesa de Ouka Leele, con la que está aprendiendo el oficio de gestora cultural en las labores de conservación, revalorización de fondos, exposición y venta estratégica de obras.
La que desde la década de los setenta fuera la vivienda-taller de su madre en el centro de Madrid ahora es el hogar de Rosenfeldt y su pareja: el arquitecto Alberto Ciszak, encargado de reformar esta casa de espíritu artístico con su estudio Ciszak Dalmas. En la fachada del edificio, una placa concedida por el Ayuntamiento de Madrid recuerda que allí vivió Allende Gil de Biedma, una artista que hizo “del color y de la alegría las señas de identidad de su obra”.
La hija de Ouka Leele, que practica Bikram yoga cada día desde hace 15 años, recibe a EL PAÍS con un pijama de terciopelo color borgoña luciendo un rubísimo y larguísimo cabello hasta la cintura. Con una estética bohemia en la que convergen el recuerdo a la diosa Venus pintada por Botticelli y la estética prerrafaelita, reflexiona concienzuda sobre la responsabilidad de proteger, perpetuar y decidir sobre las obras de fotografía y pintura creadas por su madre. “A nivel de negocio, intentamos no vender a cualquiera, no vendemos a loco, y las cosas se muestran con cuentagotas”, asegura. Pero confiesa que sus inicios fueron diferentes: “Al principio quería enseñarlo todo, hacer de todo un poco por el terror a que ella cayese en el olvido o que yo me olvidase de ella. Rocío [Santa Cruz] me decía: ‘Frena un poco’ (risas). Todo se ha ido calmando y ahora estoy en una etapa más asentada, dejo que las cosas vayan pasando. Es un momento de creer en la providencia y en el destino”.
Con la Fundación Ouka Leele, presentada en la edición 2024 de ARCO, Rosenfeldt está aprendiendo constantemente cómo funciona el mercado del arte. “Tengo mucha sangre fría y un sentimiento de madre leona protectora. Todas las obras las ha producido mi madre durante muchos años y las cuido como si fueran mis hijos”, reconoce. Ya es asidua a ferias internacionales como Paris Photo. “Allí sí que hay un verdadero negocio de la fotografía. Aquí se sigue considerando como un arte secundario y se califica de caro el precio de venta de una imagen porque no se considera una técnica especial”, lamenta. En cuanto a la responsabilidad de mantener y difundir la obra de su madre, no duda: “Tener un legado no es tener capital económico. En Francia, las instituciones siempre me llaman para que les venda obra de mi madre, pero en España me piden que lo done. La responsabilidad de cuidar y mantener un patrimonio artístico conlleva pagar impuestos e invertir para su conservación. Espero que se lleve a cabo el incentivo fiscal para la gente que estamos a cargo de legados”.
Parte de la obra de Ouka Leele (que toma su nombre de una constelación de estrellas inventadas por el pintor valenciano El Hortelano), como la fotografía pintada con acuarela Cibeles o Rappelle toi, Barbara! (1987), está en la colección del Museo Municipal de Arte Contemporáneo, ubicado en el Centro Cultural Conde Duque de Madrid. La otra, como algunas imágenes de la serie Peluquería, está cedida a la colección permanente del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, que podrá verse en la exposición Colección Arte Contemporáneo 1975-presentede la mencionada institución, que abre al público el próximo 18 de febrero.
Otra clase de “familia bien”
La familia materna de María Rosenfeldt fue uno de esos clanes intelectuales y acomodados del País Vasco que trasladaron su residencia a Madrid en los cincuenta. Su abuelo fue el arquitecto bilbaíno Gabriel Allende Maíz (uno de los encargados de configurar el urbanismo del madrileño barrio de Quintana, en el distrito de Ciudad Lineal) y su abuela, María de las Victorias Gil de Biedma y Vaillant, era hermana del poeta Jaime Gil de Biedma. Este último, asentado en Barcelona y miembro reconocible —y activo— de la Gauche Divine (el movimiento intelectual que reunió a escritores, cineastas, artistas, diseñadores y arquitectos en la España posfranquista), le hizo de cicerone a su sobrina cuando ella contaba con poco más de 20 años para introducirla en círculos artísticos y bohemios de la capital catalana. Allí, por ejemplo, fue donde produjo la mayor parte de su serie de cómics y la mencionada serie Peluquería.
Rosenfeldt reivindica, con una sonrisa y mucho orgullo, el espíritu independiente y tenaz de su madre (con quien formó un binomio férreo, inquebrantable y luminoso): “Lo digo siempre, mi madre empezó de cero y sus padres nunca le ayudaron a nada. Se fue de casa con una mano delante y otra detrás; por temporadas comía en el comedor de los Hare Krishna. Yo también he ido al colegio público y ha habido temporadas que en casa hemos ido muy justas de dinero. Ha habido otras épocas que han ido muy bien y hemos disfrutado. Ella me enseñó mucho a ahorrar desde pequeña”.
En febrero de 2025, María Rosenfeldt (criada en solitario por su madre) viajó a Sri Lanka para conocer el legado arquitectónico conocido como modernismo tropical de Geoffrey Bawa. Regresó a Madrid y de marzo a junio visitó Bali, Singapur, Camboya, Vietnam, Filipinas, Japón (Tokio y Kioto), Los Ángeles y México junto a su pareja, haciendo parada en Oaxaca, Puerto Escondido y Ciudad de México. “Poder hacer algo así me ha cambiado la vida, no he vuelto a ser la misma. Estoy con las prioridades reordenadas, cuidándome más yo y más a la gente que quiero. Me he vuelto más lectora, más curiosa”, confiesa.
¿Y cómo ha influido este cambio vital en su imagen pública, en su variado perfil profesional y en su relación con las redes sociales? “Antes me lo tomaba bastante más en serio, pero Instagram [en su cuenta tiene más de 53.000 seguidores] es una teletienda en la que intento compartir cosas agradables en comparación con el mundo que hay. No me aferro a esto como si fuera un Santo Grial, creo que tendrá un fin. Lo que dure, duró”. Con el gato negro de Rosenfeldt, llamado Bali, campando a sus anchas por la casa, la conversación se remata con un deseo: “Mientras no se queden con que solo soy heredera o una pija que tiene unos cuadros, el resto me vale”.
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