Lo que dice de nosotros que vuelvan las pieles

<p>Era uno de esos días de otoño agradables en Madrid, la última caricia cálida antes del invierno que no acaba. Y allí estaba ella con <strong>un viejo abrigo de pieles</strong>. Apuraba un cigarro con su novio, de postura indolente y aire rockero. Mientras esperaba a mi amigo, no podía dejar de mirarlos. <strong>Eran la pareja con más rollo del Dos de Mayo.</strong></p>

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 Hubo un tiempo en que los abrigos de piel eran un signo de éxito. Tras una década denostados, hoy regresan a la calle. No es solo moda: también dicen mucho de nuestra sociedad  

Era uno de esos días de otoño agradables en Madrid, la última caricia cálida antes del invierno que no acaba. Y allí estaba ella con un viejo abrigo de pieles. Apuraba un cigarro con su novio, de postura indolente y aire rockero. Mientras esperaba a mi amigo, no podía dejar de mirarlos. Eran la pareja con más rollo del Dos de Mayo.

Lo que aquellos chicos anunciaban, lo he ido confirmando en los meses de frío. En la calle, en las fotos de street style, en las tiendas donde todos compramos: tras una década denostadas, las pieles han vuelto. No es sólo moda: su regreso nos habla de un giro, de una moral que ha dejado de señalar constantemente la falta ajena.

Hubo un tiempo en que los abrigos de pelo eran un símbolo de estatus. Recuerdo, de niña, tocar con disimulo el abrigo de zorro de la vecina. Tan suave, tan níveo… Recuerdo el chaquetón de mouton que mi madre compró con una pedrea de Navidad. Recuerdo el visón de Mar Flores paseando junto a Fernández Tapias. Cliché del éxito de los 90, cliché de tantas cosas… En los 80 y 90, las peleterías guardaban la promesa de una vida lujosa y confortable, un auténtico ascensor social.

Hace una década, las pieles empezaron a apolillarse en los armarios. Muchas casas de moda anunciaron que dejarían de utilizar pelo animal. Algunas pasarelas lo prohibieron. Los abrigos de pelo -incluso los de segunda mano, incluso los falsos- desaparecieron de la calle (al menos, entre las chicas jóvenes), de las pasarelas, de las películas.

Precisamente, el cine ha sido el primero en decirnos que algo estaba cambiando. «Las pieles son el nuevo tabaco», anunciaba The Hollywood Reporter el año pasado. Como había sucedido con los cigarrillos -capaces de definir a villanos y rebeldes, pero también de calificar una película como «para adultos»-, servían de nuevo para construir personajes complejos. Y no la mala de la película. La stripper halagada por su cliente joven y enamoradizo (Anora), la mujer del narcotraficante (Emilia Pérez), la diva distante (Callas), la estrella del cine clásico (Marty Supreme)...

La caída y resurrección de las pieles me recuerda a la moralización intensa de la ideología woke. Lo que nació con buenas intenciones acabó devorado por sus propias contradicciones. Muchas de aquellas pieles repudiadas fueron sustituidas por alternativas sintéticas derivadas de combustibles fósiles. Las casas de moda que vetaban el pelo animal ingresaban millones gracias a los bolsos de sedosa piel… animal. Pero las modas -como las ideologías- son cíclicas. Como la chica de Malasaña, yo también he rescatado mi abrigo de pieles del armario.

 Cultura

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