Lo que de verdad recordamos cuando miramos fotos de 2016

<p>Era uno de esos sitios «de siempre». Donde tomar unos vinos y un trozo de empanada. La pared de piedra, la <i>lareira </i>lista para el fuego en esos días fríos y húmedos de Santiago. Mezclaba a parroquianos, estudiantes, algún peregrino. Hace poco me dijeron que su dueña había muerto. </p>

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 Nos hemos enganchado a la tendencia viral de recuperar nuestras fotos de hace 10 años. Y no sólo es por vanidad…  

Era uno de esos sitios «de siempre». Donde tomar unos vinos y un trozo de empanada. La pared de piedra, la lareira lista para el fuego en esos días fríos y húmedos de Santiago. Mezclaba a parroquianos, estudiantes, algún peregrino. Hace poco me dijeron que su dueña había muerto.

Descubrí O Filandón en 2016, cuando los alquileres imposibles todavía no expulsaban a los estudiantes del centro, cuando éramos jóvenes y despreocupados. La imagen volvió estos días al bucear en mi móvil. Empujada por los posts de Instagram «Mis fotos de 2016», yo también quise saber qué hacía hace una década. Qué cosas pasaron entonces.

Fue el año en que despedimos a Bowie, a Cohen. Nos enamoró Paterson, nos perturbó Langosta. Nos emocionó Patria, nos enganchamos a Stranger Things.

Primero vi a veinteañeros compartiendo sus fotos adolescentes. Uniforme, brackets y Justin Bieber. Pronto nos sumamos los demás, deseosos de revivir nuestra última juventud. Mi archivo me mostró los amigos que siguen ahí, los chicos que me gustaron -uno es buen amigo, a otro apenas lo saludo cuando nos cruzamos…-, la ropa que todavía conservo, el carmín que deseché.

Dicen que la tendencia nos traslada a aquellos buenos tiempos prepandémicos, los últimos reales antes de quedar atrapados definitivamente en lo digital.

Que no te engañen.

Por entonces ya éramos adictos. Cazábamos Pokémon, jugábamos a los filtros de Snapchat. Todo lo sé porque dejaba metódica constancia en Facebook.

«Recordar se acerca más a un acto de la imaginación que a la clara, fiable y detallada recuperación de un suceso de nuestro pasado», nos avisa Julian Barnes en Mis cambios de opinión.

Y si 2016 no era una Arcadia feliz, ¿por qué nos gusta tanto echar la vista atrás? Si el reto viral ha calado tan hondo es porque, más allá de lo vanidoso, implica hacer un balance vital. Como los propósitos de Año Nuevo. Tan frívolos, tan profundos.

En estos tiempos rápidos donde no tenemos un momento para detenernos, repasar lo vivido nos sorprende. Nos gusta ver la constancia, lo perdido, lo ganado. Hoy ya no revelamos fotos, las acumulamos sin sentido en nuestro carrete (qué ironía, usar la misma palabra), así que un tonto trend permite hacer una pausa y revivir todos aquellos momentos. Cada foto con amigos que me encontré, la fui compartiendo en un grupo de WhatsApp.

Qué panda de jovenzuelos. Menuda lozanía. Qué ganas de veros.

Hubo risas, nuevos momentos compartidos. Sólo por eso, volver a 2016 ya ha valido la pena.

 Cultura

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