El 13 de junio de 1965, Liza Minnelli (Los Ángeles, 79 años) ganó su primer Tony por su papel en el musical Flora, the Red Menace. Con 19 años, la hija de Judy Garland y Vincente Minnelli hizo historia en Broadway convirtiéndose en la artista más joven en recibir el galardón más importante del teatro estadounidense. El actor Bert Lahr, el león cobarde en El mago de Oz, le entregó la estatuilla en un salón del hotel Astor de Nueva York. Minnelli estaba exultante. Ya no era “la hija de”, sino una estrella con luz propia. Pero había algo que le preocupaba: su madre.
Para celebrar su redondo cumpleaños, la artista publica ‘Kids, Wait Till You Hear This!’, un libro en el que se sincera sobre la tormentosa relación con su madre, Judy Garland; sus cuatro matrimonios y sus adicciones: “Llevo 11 años sobria. Es la victoria personal más grande de mi vida”
El 13 de junio de 1965, Liza Minnelli (Los Ángeles, 79 años) ganó su primer Tony por su papel en el musical Flora, the Red Menace. Con 19 años, la hija de Judy Garland y Vincente Minnelli hizo historia en Broadway convirtiéndose en la artista más joven en recibir el galardón más importante del teatro estadounidense. El actor Bert Lahr, el león cobarde en El mago de Oz, le entregó la estatuilla en un salón del hotel Astor de Nueva York. Minnelli estaba exultante. Ya no era “la hija de”, sino una estrella con luz propia. Pero había algo que le preocupaba: su madre.
Judy Garland llevaba semanas ingresada en un hospital de Los Ángeles por abuso de drogas. Tras aceptar el Tony, Liza la llamó por teléfono. “Mamá siempre quiso tener un papel protagónico en un show de Broadway, pero nunca tuvo la oportunidad. Así que su alegría por mí estaba ensombrecida por su propia decepción, por su propia ambición frustrada. ¡Aquí estaba yo, una adolescente, y había hecho algo que mamá nunca había hecho”, recuerda Minnelli en sus memorias, Kids, Wait Till You Hear This! El libro, el resultado de una década de entrevistas y conversaciones con su amigo el pianista Michael Feinstein, se publica el 10 de marzo en Estados Unidos, coincidiendo con su 80º cumpleaños —el próximo 12 de marzo—. Está previsto que llegue a las librerías de España en mayo.
A lo largo de sus casi 65 años de carrera, ha ganado dos Tonys más, un Oscar por Cabaret, un Emmy por Liza with a Z y un Grammy honorífico. Fue la artista más joven en entrar en el club EGOT, el selecto grupo de estrellas que han ganado los cuatro principales premios del showbusiness estadounidense: Emmy, Grammy, Oscar y Tony. Con tres años hizo su primera aparición cinematográfica junto a su madre en la comedia musical En aquel viejo verano. Con 13 debutó en televisión de la mano de Gene Kelly. Con 29 protagonizó la primera versión del musical Chicago en Broadway. Con 33 dio 11 conciertos consecutivos en el Carnegie Hall, superando la marca de su madre; y con 41 rompió su propio récord actuando durante 21 noches seguidas en el famoso teatro neoyorquino.

Minnelli es una leyenda por mérito propio —colaboró con los Pet Shop Boys, realizó una gira histórica con Frank Sinatra y Sammy Davis Jr., y cantó en los teatros más importantes del mundo—, pero lleva toda su vida sintiéndose perseguida por el fantasma de su madre. “Mamá eligió mi nombre, pero el tío Ira escribió la letra de la canción que me dio mi nombre: ‘Liza, Liza, los cielos están grises, pero cuando sonríes, todas las nubes se alejan”, explica en sus memorias. La llamaron Liza en honor a la canción de los hermanos George e Ira Gershwin. No tuvo la posibilidad de elegir si quería ser famosa. “¡Liza Minnelli! ¡Liza Minnelli! Se verá magnífico en un cartel de cine”, dijo su padre, el director de cine Vincente Minnelli, cuando la tuvo en brazos por primera vez.
Se crio en un Hollywood que ya no existe, a metros de Sunset Boulevard. Humphrey Bogart y Lauren Bacall eran sus vecinos. Lana Turner, Fred Astaire, Bing Crosby, Sammy Davis Jr., David Niven, Marilyn Monroe y Art Linkletter visitaban con frecuencia su casa. Los estudios de MGM, donde trabajaban sus padres, eran su patio de juegos, aunque también solía ir al parque Beverly Gardens para jugar con Mia Farrow, Candice Bergen, Cheryl Carne y otros hijos de famosos.
“Hasta mi quinto cumpleaños estuve protegida de la creciente infelicidad de mis padres. Luego, sin advertencia, la verdad salió a la luz”, dice, refiriéndose a la depresión y ansiedad que sufría Judy Garland y a su dependencia de las pastillas y el alcohol. “Mamá estaba montada en una montaña rusa emocional (…) Aprendí que si se enfadaba, era la persona más aterradora en mi vida”.

La enfermedad de la inolvidable Dorothy de El mago de Oz empeoró tras ser despedida de MGM, en 1950. Garland dejó a Vincente Minnelli y comenzó una relación con el productor de cine Sid Luft. Liza empezó a pasar muchas horas encerrada en su habitación, aprendiendo canciones de Ella Fitzgerald, Frank Sinatra y su propia madre. “Entonces mi sueño de convertirme en bailarina, actriz y cantante echó raíces”, recuerda en sus memorias.
Garland sufrió depresión posparto tras dar a luz a Joey, su segundo hijo con Luft. Su consumo de barbitúricos, anfetaminas y alcohol se disparó. No ganar un Oscar por Ha nacido una estrella (1954) la hundió todavía más (Grace Kelly se llevó el premio por su papel en La angustia de vivir). Liza se hizo cargo de ella. “A los 13 años, yo era la cuidadora de mi madre, enfermera, doctora, farmacóloga y psiquiatra, todo en uno. Le daba drogas a mamá todos los días para que pudiera funcionar”, revela en el libro.
Cansada de ese infierno, con 16 años le dijo a su madre que quería mudarse a Nueva York para probar suerte como actriz. “Lo harás por ti misma, bebé. No va a haber dinero mío”, le respondió Garland. “No miré atrás. Me prometí a mí misma que nunca más iba a aceptar un céntimo de mi familia. Para bien o para mal, con 16 años iba a comenzar mi vida sola como Liza Minnelli”. Frank Sinatra, amigo de sus padres, le dio un cheque de 500 dólares para empezar su vida en Nueva York. Encontró asilo en el Barbizon, mítico edificio del Upper East Side donde entonces funcionaba una residencia para señoritas. “Había más estabilidad para mí como adolescente sin dinero en el Barbizon que viviendo en casa”, recuerda. A veces no tenía dinero ni para pagar la habitación —“Llegué a dormir unas noches en un banco en Central Park”—.
Rivalidad madre e hija
Su primer trabajo en Nueva York, en la obra de teatro Best Foot Forward, fue un éxito de público y crítica, pero su madre no asistió al estreno y el desaire le dolió. “Fue la primera vez que transformé mi dolor personal en energía y poder”, cuenta. Mientras su carrera despegaba, la de su madre se hundía. Comenzó una rivalidad soterrada entre ambas. En 1964 actuaron juntas en el Palladium de Londres. Liza tenía 18 años; Judy, 42. Fue un show histórico. “Había una tensión creativa que nunca había experimentado antes. Un bautismo como ningún otro. Mamá iba a darlo todo esa noche, así que, al diablo con los nervios, yo haría lo mismo”, dice. “Comencé esa noche como una adolescente asustada. Dos horas después me sentía mucho mayor”.

La repentina muerte de su madre la arrastró a la depresión. Garland solo tenía 47 años. Minnelli lloró durante ocho días seguidos y tuvo que hacerse cargo de organizar el mayor funeral en la historia de Nueva York desde el de Rodolfo Valentino, en 1926. “El estrés y la tensión me abrumaban. Estaba aturdida y un doctor me recetó Valium para ayudarme a relajarme justo antes del funeral. Era la primera vez que tomaba un medicamento de este tipo y me sorprendió lo rápido que me calmó. Desearía poder decir que esto fue algo aislado, que solo tomé la pastilla una vez. Pero el Valium desencadenó algo terrible en mí, como una chispa que encendió un fuego. La adicción fue un regalo final, una herencia genética de mamá de la que no podía escapar”, explica.
Empezó a consumir Valium con regularidad. Luego llegaron las benzodiacepinas, los barbitúricos, las anfetaminas, el alcohol y la cocaína: “Me convencí de que, por la intensidad de mi vida, merecía el derecho a cambiar mi estado mental”. Tomaba pastillas para despertarse por la mañana, Valium para mantenerse tranquila durante el día y alcohol para calmarse por la noche. Durante años, estuvo convencida de que iba a terminar como su madre. “Siempre pensé que no viviría más que mamá. El recuerdo, la tragedia de cómo terminó ella su vida, siempre me perseguía”, reconoce. El 25 de marzo de 1993, celebró un hito que no figura en ninguna biografía, artículo o programa de televisión sobre ella: cumplió 47 años y 13 días. Ya había vivido más que su madre. Una vez más, había superado a Garland.
El consumo desmedido de drogas le provocó una encefalitis en el año 2000. Minnelli, la musa de Bob Fosse, la gran bailarina y cantante, quedó con medio cuerpo paralizado. No podía moverse y apenas podía hablar. Sus amigos encontraron más de 60 pastillas de OxyContin —un potente analgésico— escondidas bajo su colchón. “Me negué a aceptar la idea de que esta enfermedad pudiera destruirme. De ninguna manera”, dice. Entró y salió varias veces de los mejores centros de rehabilitación de Estados Unidos. Ahora, espera que su libro ayude a otros que están luchando contra el abuso de sustancias: “Llevo 11 años sobria. Es la victoria personal más grande de mi vida. Pero un adicto siempre está en recuperación o muriendo. Puedes dejar el hábito, pero siempre está ahí, acechando si te equivocas”.

Cuatro matrimonios fallidos
Hablando de equivocaciones, en sus memorias repasa su rosario de matrimonios y relaciones sentimentales fallidas. El 3 de marzo de 1967 se casó con el músico Peter Allen. “Una tarde, regresando temprano de una indulgente jornada de compras, entré en nuestro apartamento y encontré a Peter teniendo sexo apasionado. Con un hombre. En nuestra cama”, recuerda. “Ambos comenzamos a llorar. Sollozos desgarradores. Él me dijo por primera vez: ‘Liza, te amo más que a cualquier persona en el mundo… y soy gay”. Años después, cuando un periodista le preguntó qué había aprendido de ese episodio, respondió: “Nunca volveré a casa sin llamar primero”.

Se divorció de Allen en 1974 e inmediatamente después se casó con un amigo de sus padres, el director y productor Jack Haley Jr., pero rodando New York, New York con Martin Scorsese inició un affaire con el director. “Nuestra historia de amor tenía más capas que una lasaña. Ambos éramos italianos. Apasionados. Intensos. Comprometidos con nuestro arte… Era el secreto peor guardado en el plató”. En simultáneo, vivió un romance con Mikhail Baryshnikov. La relación con el bailarín rompió el corazón a Scorsese. “Vi a Marty en la ceremonia de los Oscar en 2014 y me acerqué para saludarlo. Desafortunadamente, se apartó de mí. Fue muy triste”, confiesa.
En 1979 se divorció de Haley y se casó con el artista y productor teatral Mark Gero. Liza quería un hijo con él, pero no pudo. Sufrió dos abortos espontáneos, el segundo a los cinco meses de embarazo. “La incapacidad de convertirme en madre es una tragedia que nunca superaré”. Se divorciaron en enero de 1992.

Minnelli nunca dejó de ser amiga de sus tres primeros maridos. Allen murió de sida en 1992, a los 48 años, y ella quedó tan afectada que empezó a hacer activismo para concienciar sobre el sida y a recaudar dinero para la investigación —ese año participó en el concierto homenaje a Freddie Mercury en Wembley y cantó We Are the Champions junto a David Bowie, George Michael o Elton John—. En sus memorias, en cambio, no hay una sola buena palabra sobre su último marido, David Gest. “Claramente, no estaba sobria cuando me casé con este payaso”, lamenta. “Gest usaba más maquillaje que yo. Siempre que buscaba mis pestañas postizas, revisaba su baño”, cuenta.
La boda, en marzo de 2002, costó 3,2 millones de dólares. Michael Jackson fue el padrino y Elizabeth Taylor, la madrina de honor. Entre los 850 invitados estaban Elton John, Diana Ross, Lauren Bacall, Donald Trump y Joan Collins. La luna de miel terminó antes de empezar. “Nos peleamos a muerte desde el principio y nos separamos durante los 16 meses que supuestamente estuvimos juntos. Puede que parezca poco tiempo. Cariño, para mí fueron como 16 años”, explica. Gest murió en 2016. “Sentí una oleada de emociones y grité: ‘¡Ay, no!’. Lorna, mi hermana, me respondió: ‘¡Pero si lo odiabas!’. Estaba llorando y de repente me detuve y dije: ‘¡Ah, es cierto!”.

Para entonces, su lista de lesiones e ingresos hospitalarios era más larga que la de sus exmaridos. “De 1994 a 2015, me operaron de ambas rodillas, de los discos aplastados de la espalda y de ambas muñecas, y dos veces de las cuerdas vocales”, explica. En 2014 se fracturó la espalda. Poco después volvió a ingresar en un centro de rehabilitación. Desde entonces está limpia. Va a cumplir 80 años, su salud es frágil, pero su sentido del humor está intacto. Cuando le preguntan qué ha aprendido después de cuatro matrimonios, bromea: “¿Cuánto tiempo tienes?”. En cuanto a la tormentosa relación con Garland, dice: “¿Quién no tiene problemas con su madre?”.
El pasado jueves, Minnelli reapareció sobre un escenario en la gala de los GLAAD Media Awards, unos premios creados en 1990 por la Gay & Lesbian Alliance Against Defamation para reconocer a los miembros del mundo del espectáculo que han apoyado los derechos de la comunidad LGTBIQ+. La artista, sentada en una silla y al ritmo de New York, New York, recibió un premio que lleva su nombre por escribir unas memorias que invitan a los lectores a sentirse orgullosos de sí mismos y a aceptarse tal como son.
La prensa estadounidense anuncia la publicación de Kids, Wait Till You Hear This! como su enésimo regreso. Ella detesta esa palabra. “Dejad de llamarlo un regreso cada vez que lucho para volver. ¿Cuántos regresos puedes tener antes de que se convierta en una broma? Demonios, puedes despertarte de una siesta y hacer un regreso. Puedes superar un resfriado y hacer un regreso. Es ridículo”. A Liza Minnelli no le gusta decir que está de vuelta, pero está de vuelta.
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