«Soy una chica Disney, prácticamente soy Hannah Montana. ¡Qué fuerte!», bromea Lalachus, Laura Yustres en el DNI (Fuenlabrada, 1990), sobre su primer rol importante como actriz en la serie ‘Olivia’, que se estrena el 1 de julio en la plataforma de Mickey Mouse. La cómica vive un momento espléndido, pues también es rostro fijo en ‘La Revuelta’ y volverá a copresentar el ‘Grand Prix’ este verano.
Ha sepultado la polémica de las uvas con una carrera a más y a más, pero el éxito le inquieta lo justo: «No me costaría nada volver a trabajar de recepcionista»
«Soy una chica Disney, prácticamente soy Hannah Montana. ¡Qué fuerte!», bromea Lalachus, Laura Yustres en el DNI (Fuenlabrada, 1990), sobre su primer rol importante como actriz en la serie ‘Olivia’, que se estrena el 1 de julio en la plataforma de Mickey Mouse. La cómica vive un momento espléndido, pues también es rostro fijo en ‘La Revuelta’ y volverá a copresentar el ‘Grand Prix’ este verano.
- Te has entregado al pluriempleo.
- En eso que ponéis en las entrevistas de a qué se dedica la persona puedes poner: «Lalachus. Sus cosas». Es que yo ya no sé, tengo tanto trabajo y tantos frentes abiertos que a veces no sé ni qué soy. Supongo que una persona que crea contenido donde sea. Antes le daba más vueltas, pero ahora tengo la capacidad de disfrutarlo. Esa filosofía de los Javis de «lo hacemos y ya vemos». Como quiero contar muchas anécdotas cuando sea mayor, no me aferro a nada aunque mi madre nunca sepa decir a qué se dedica su hija.
- Como actriz, debutaste precisamente con los Javis.
- Poquísima broma con eso. Fue en el 2021 y todavía estaba trabajando en la recepción [de una empresa de construcción]. En un periódico se filtró que iba a hacer de Lydia Lozano en ‘Veneno’, pusieron mi foto y uno de la empresa se acercó y me dijo: «¿Tú eres Lalachus? ¿Puedes poner papel en la fotocopiadora?» [risas].
- ¿Mantenías tu doble vida en secreto?
- Claro. Laura trabajaba en la empresa y Lalachus se buscaba la vida por fuera. Había hecho ya cosas, sobre todo en redes, pero allí nadie sabía quién era aparte de la recepcionista de toda la vida. Cuando le dije a mi madre que iba a estudiar Comunicación Audiovisual me dijo: «Eso no tiene salidas. Métete a ADE». Y viendo lo que he visto alrededor, tenía razón. Al final no me ha salido tan mal, pero me costó muchísimo.
- Estuviste diez años currando de recepcionista. ¿Perdiste la fe en poder dedicarte a esto?
- Realmente, no. ¿Sabes qué pasa? Una cosa que me ha salvado es que yo nunca he tenido expectativas. Siempre he vivido con lo que iba viniendo y no me he puesto objetivos de voy a hacer televisión o voy a ser conocida. Estaba en la recepción, era mi trabajo, estaba bien y allí podía haber seguido perfectamente. Lo bueno que me ha pasado es que me han llegado cosas estupendas y todo lo cojo con ilusión, pero nunca me he agobiado con qué pasará o qué haré. Trabajo donde esté y lo que dure. No he perdido la fe porque no tenía algo marcado en lo que creer. De hecho, nunca hubiese imaginado que iba a dedicarme a esto. Hacía podcasts muy de colegueo porque me divertía, pero no lo veía como una carrera profesional.
- ¿Te lo crees ya?
- Qué va, esto cualquier día se acaba, pero no me da miedo. ¿Qué puede pasar tan grave? No me cuesta nada volver a trabajar en un sitio de atención al público porque se me da bien y es superdigno. Eso sí, mientras dure este momento lo voy a aprovechar a tope en la medida que mi cuerpo lo permita.
- Eres una de las principales representantes del boom de mujeres cómicas que, a falta de oportunidades en los medios convencionales, han triunfado montándoselo ellas en podcasts y redes.
- Ha sido un poco como la patada de Shrek en la ciénaga, gritar al mundo que estamos aquí. Siempre ha habido un mundo de cómicos con un tipo de chistes muy concretos en el que cuando lograba entrar una mujer se tenía que adaptar. El fenómeno de podcasts como ‘Estirando el chicle’ hizo que mucha peña al fin se viera representada en lo que se contaba, que son cosas muy normales pero con voz femenina. Nosotras sabemos reírnos de todo igual que vosotros, aunque con una perspectiva diferente. Ha sido un cambio guay y creo que la gente lo ha abrazado, pero si no nos lo llegamos a montar por libre, seguiríamos igual, con muy poquitas oportunidades en medios grandes.
- De hecho, la desproporción sigue siendo evidente.
- Es que, cuando he llegado a la tele, he visto que todavía se sigue planteando el tópico de que las mujeres no somos graciosas. Por suerte las cosas se pueden demostrar: la gente nos ve y les gusta. Lo dicen la audiencia y las entradas. Al principio todo cuesta y los medios audiovisuales son más complicados de lo que la gente piensa. No te ponen en un programa porque seas mujer, no funciona así. Demuestra lo que vales o, en la tele, te quitan al segundo día. En mi caso, si ‘La Revuelta’ me llama es porque funciono y he ido calando. De todos modos, me da mucha paz de espíritu saber que siempre me lo puedo volver a montar por mi cuenta si se acaba. Y ahora estoy flipada con esto de ser actriz.
- ¿Qué te ha seducido?
- Que me manden [risas]. Hasta ahora, todo lo que he hecho me lo escribo y lo pienso yo, pero me ha encantado la experiencia de que alguien me dé un guión y me diga: «Haz esto». Es una gozada. Quiero ver hasta dónde puedo llegar en el mundo de la ficción porque para la cabeza ha sido muy liberador. Me he enganchado y me gustaría probar más. Me gustaría hacer cursos, como dice Paquita Salas, y aprender en condiciones.
- Ha pasado año y medio desde que diste las campanadas junto a David Broncano. Con la perspectiva del tiempo, ¿mereció la pena pese a todo lo que supuso: los ataques a tu físico, las polémica con la estampita de la vaca del ‘Grand Prix’…?
- Un sí tajante. Lo volvería a hacer, sin duda. Dar las campanadas fue increíble, un recuerdo maravilloso que ya es la leche con simplemente poder contar que lo has hecho. Ahora estoy haciendo el ‘Grand Prix’ con Ramón García, que es el auténtico maestro de las uvas, y es la leche poder hablar de la experiencia con él, casi de igual a igual [risas]. Somos cuatro los que lo hemos hecho. ¿Cómo no va a merecer la pena? Es una fantasía para mí, más allá del revuelo. Lo disfruté de verdad, sobre todo la grabación con David y cómo sentimos el peso de la responsabilidad. Lo de después, bueno, pues no fue sencillo.
- Pese a tantos años en redes, ¿te pilló por sorpresa?
- Nadie espera tanta mierda, menos con algo tan de buen rollo como las campanadas. Es una situación de la que aprendes, pero agradable no fue. Llegas con toda tu inocencia, de repente te pasa algo así y un poco te cambia. Antes yo me tiraba de cabeza a las cosas y ahora les doy una pensadita más. No diría que me haya endurecido, porque sigo siendo la misma persona, pero es una experiencias que me ha curtido el lomo y me ha hecho más cauta y más observadora. Tener a tanta gente insultándote es horrible
- Me molesta bastante la gente que dice que no hay que hacer caso a las redes, que su odio no afecta.
- Claro que te afecta y es muy peligroso minimizarlo. Te pilla en un día malo y te hunde. Es verdad que a mí me pasó una cosa en esos días y es que, hasta cierto punto, te inmunizas. Ya te han dado tanto que dices: «Bueno, pues un día más». Pero tienes que tener una red fuerte de gente a tu alrededor que te apoye. En esos días, si me veían enfrascada en leerlo todo, me quitaban el móvil para que no me viniera abajo. También cuesta resistir la tentación de responder porque sabes que no puedes hacerlo, que es hacer la bola más grande, pero, joder, se me iba el dedo solo.
- ¿Qué les hubieras dicho?
- A unos cuantos, los habría mandado directamente a la mierda, pero a la mayoría sencillamente quieres explicarles cómo te hacen sentir o tu postura o que con la estampita no querías faltar a nadie. Lo que pasa es que entiendes que quien se quiere enfadar se va a enfadar igual y no te va a escuchar, así que tienes que hacer lo que consideres. Si se ofenden, que se den un paseo.
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