La natación española se agarra al futuro: dos medallas, 16 récords y 23 finalistas

En el epílogo del Campeonato, en la última jornada de un largo e intenso Europeo, la natación española, deportistas, directivos, aficionados, periodistas, no sabía qué pensar ni a qué atenerse. Ignoraba cómo analizar, cómo valorar la actuación de nuestros representantes. Dudaba en la apreciación de los factores que condujese a un veredicto ponderado. Una profusión de récords y un aluvión de finalistas no se habían traducido en medallas. Ni siquiera en una del valor que fuese. Era raro. Era ilógico. Así pues, ¿en qué datos basarse? ¿Qué criterio emplear a la hora de emitir un juicio objetivo?

 La plata de Hugo González y el bronce de Laura Cabanes premian a una joven selección.  

En el epílogo del Campeonato, en la última jornada de un largo e intenso Europeo, la natación española, deportistas, directivos, aficionados, periodistas, no sabía qué pensar ni a qué atenerse. Ignoraba cómo analizar, cómo valorar la actuación de nuestros representantes. Dudaba en la apreciación de los factores que condujese a un veredicto ponderado. Una profusión de récords y un aluvión de finalistas no se habían traducido en medallas. Ni siquiera en una del valor que fuese. Era raro. Era ilógico. Así pues, ¿en qué datos basarse? ¿Qué criterio emplear a la hora de emitir un juicio objetivo?

Súbitamente, «in extremis», todo se aclaró. La plata de Hugo González en los 200 estilos y el bronce de Laura Cabanes en los 200 mariposa dictaron sentencia favorable. No existían oros, era cierto, en un medallero con 16 países que habían obtenido al menos uno y que nos colocaba a nosotros en el puesto 17 de los 21 que, también al menos, habían logrado una plata o un bronce.

Pero pudimos entonces alabar con justificación y sin reparos, aunque sin triunfalismos hiperbólicos y patrioteros, a un equipo muy joven que había conseguido medallas, sí, batido 16 récords de España y colocado a 23 finalistas. Un equipo que, metiéndose en la final en ocho de las nueve pruebas de relevos expresaba, de modo suplementario, el valor de lo grupal. Si bien faltaban nombres importantes (Carles Coll, Carmen Weiler, Emma Carrasco), las individualidades y los colectivos funcionaron bien.

Inevitablemente, y con razón, dentro de la satisfactoria actuación general, hay que destacar, representando a todos, a Hugo, a Laura, a Lucas Hoek y a Irene Ciércoles. Hugo, a los 27 años, regresó al gran nivel internacional que, por unas u otras causas, había abandonado. Laura, a los 20, y después de medallas de todo lustre en los Europeos Júnior, se ha colgado una en los absolutos. Luca, a los 18, ha ingresado en la nómina de los grandes velocistas mundiales. E Irene, a los 16, ha mostrado unas potencialidades enormes. Ambos fueron parte fundamental de los éxitos en los relevos.

Europa no es una mera comparsa de Estados Unidos, Australia y/o China. Reúne, en el denso programa natatorio, 16 plusmarcas mundiales (11 masculinas y cinco femeninas). El Campeonato tuvo altura, y ello resalta el papel de los españoles. Nombres como los de la italiana Sara Curtis (dos récords del mundo en 50 espalda) y el alemán Johannes Liebmann (uno en 1.500) destacan a tenor de esas prestaciones que obligan a nombrarlos la real pareja de la competición. Curtis, además, contribuyó de modo esencial a las medallas italianas en relevos y fue bronce en los 50 y 100 libre. Liebmann también fue oro en los 800.

Otros nombres descollaron. David Popovici, Léon Marchand, Hubert Kos, Nicolo Martinenghi y Ellen Walshe, también generosos en los relevos, conquistaron dos oros individuales. Simona Quadarella, tres. Y con uno, y algunoque otro de inferior valor, Egor Kornev, Kristoff Milak, Marritt Steenbergen, Sarah Sjöström

Gran Bretaña dominó el medallero con ocho oros, dos platas y cuatro bronces, 14 recompensas en total. Italia sacó más, 20, pero perdió ante los oros: seis, amén de ocho platas y seis bronces. Las 19 de Rusia se desglosaron en cinco oros, cinco platas y nueve bronces. Francia, Hungría, Países Bajos y Alemania les siguieron en el cuadro de honor. España, pese a sus virtudes, sigue muy lejos de esos países que deben servirle de referencia.

Los rusos han vuelto, están aquí, aunque aún como neutrales, algo así como apátridas, sin, ya se sabe, escudo, himno y bandera. Es cuestión de meses que vuelvan con todos sus signos y símbolos, a mayor satisfacción, ya que no gloria, de Putin. El Comité Olímpico Internacional (COI) les abrió las puertas para los Juegos de Los Angeles2028 y dejan a las Federaciones Internacionales la potestad de acogerlos o no en su maternal regazo y permitirles el uso y disfrute de sus colores e insignias. Y ya se verá más adelante todo eso y lo del himno y la bandera en los propios Juegos. Para empezar, en los Paralímpicos de Invierno de Milán-Cortina, el pasado marzo, ya dispusieron los rusos de su música y su enseña.

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