Bienvenidos a la ciudad con la mejor agua del grifo del mundo: viene directa de los Alpes y, por el camino, se va filtrando y va absorbiendo minerales que la hacen de lo más saludable. Hablamos de Innsbruck, un valle resguardado por las cumbres alpinas, que aparecen imponentes ante nosotros nada más salir de la estación de tren de la ciudad austriaca. A ella se llega fácilmente desde Viena o Zúrich, contemplando por la ventanilla los paisajes montañosos, con sus lagos y sus casitas dispersas por las praderas. Y durante la temporada de esquí, también se puede volar directamente desde Madrid con Iberia.
Esquiar a dos pasos de la ciudad
Hasta principios de primavera, Innsbruck funciona a doble altura: abajo ofrece cafés, museos y escaparates, y en lo alto, esquís y remontes a pocos minutos de distancia del centro urbano. Doce estaciones repartidas en su entorno inmediato permiten improvisar el plan, ayudados por el forfait SKI plus CITY Pass, válido para todas ellas. Aquí destacamos algunas:
- Patscherkofel, coronada por su antena inconfundible, conserva la memoria de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1964 y 1976, pero hoy se presenta como la montaña favorita de los locales (hasta el 6 de abril).
- Con más de 40 kilómetros de pistas y 9 remontes, Axamer Lizum es la mayor zona de esquí cerca de Innsbruck: amplia, rápida y variada. Sus pistas olímpicas y áreas para practicar freeride conviven con rutas de travesía y un restaurante panorámico que invita a descansar en su terraza cubierta, que presume de ser la más grande de Austria (hasta el 12 de abril).
- Más arriba, la Nordkette mira a la ciudad desde lo alto, como vigilándola. Es un lugar para quienes buscan vértigo, pero también para tumbarse al sol (hasta el 19 de abril).
- Kühtai, por su parte, ofrece alta montaña, nieve persistente y la comodidad de salir de un hotel directamente a las pistas (hasta el 19 de abril).
La capital del Tirol es sinónimo de vistas panorámicas, paseos por las alturas y esquí. También es cultura, con reclamos como el Museo Tirol Panorama o los Mundos de Cristal de Swarovski
Bienvenidos a la ciudad con la mejor agua del grifo del mundo: viene directa de los Alpes y, por el camino, se va filtrando y va absorbiendo minerales que la hacen de lo más saludable. Hablamos de Innsbruck, un valle resguardado por las cumbres alpinas, que aparecen imponentes ante nosotros nada más salir de la estación de tren de la ciudad austriaca. A ella se llega fácilmente desde Viena o Zúrich, contemplando por la ventanilla los paisajes montañosos, con sus lagos y sus casitas dispersas por las praderas. Y durante la temporada de esquí, también se puede volar directamente desde Madrid con Iberia.
Innsbruck es la capital del Tirol, antiguo condado del Sacro Imperio Romano Germánico que acabó convirtiéndose en una zona de paso y negociación entre Austria, Baviera e Italia. Su historia se ha escrito entre montañas y fronteras cambiantes, y esa condición explica buena parte de su carácter. Es una ciudad que funciona bien en cualquier época del año. En invierno, los Alpes se cubren de nieve, el esquí marca el ritmo —incluso hasta principios del mes de abril— y los siete mercadillos navideños introducen distintas maneras de entender la tradición: desde el más tradicional del casco histórico (Altstadt) hasta propuestas más contemporáneas como la de Maria-Theresien-Strasse. El resto del año, la ciudad mantiene una vida cotidiana atractiva, con su concurrido mercado de alimentación (Markthalle) junto al río Inn, fachadas barrocas bien conservadas, balcones floridos y restaurantes como Ottoburg, ubicado en una torre medieval y donde se sirven platos locales como el gröstl —una sartenada de cerdo, patata y huevo— y otras delicias reconfortantes de la región.

Innsbruck es también sinónimo de vistas panorámicas. Conviene preparar cámaras o móviles porque se van a usar con frecuencia, tanto paseando por la ciudad como en las excursiones a cumbres como la Hafelekar, a 2.034 metros de altura, la más elevada a la que se puede llegar en funicular y teleférico. Para que no olvidemos el progreso, ese que hoy facilita la subida que los aguerridos batallones romanos tuvieron que hacer a pie, están los diseños de Zaha Hadid en cada parada del teleférico inaugurado en 1928 que asciende a la cadena norte, la Nordkette. Sus formas sinuosas, casi de pez, contrastan con la contundencia del hormigón, y combinadas con el paisaje construyen una experiencia estética difícil de olvidar.
Sin bajar de las alturas y para quienes viajen en familia, una de las paradas del funicular es visita obligada: la llamada Alpenzoo, que conduce al Zoológico Alpino de Innsbruck, donde alces, urogallos u osos pardos habitan escenarios que reproducen sus entornos naturales.
Estos paseos por las alturas incluyen necesariamente una visita al trampolín de salto de Bergisel, considerado el más moderno del mundo. Es de 2001, y se levantó en el mismo lugar que el primer trampolín de salto que adquirió honores olímpicos en 1964 y en 1976. Para sus instalaciones, Hadid también concibió una silueta afilada y futurista. Es una infraestructura deportiva pensada para la competición —no es raro ver a esquiadores practicando incluso en verano—, pero se deja usar de otras maneras.

Subir hasta la torre, a 47 metros de altura, permite detenerse a tomar un café mientras la ciudad queda abajo y el paisaje se despliega en un círculo completo. Desde aquí se reconocen las cumbres que enmarcan Innsbruck: la Nordkette, el Patscherkofel, el Serles o el Hohe Munde.
La mejor de las vistas, sin embargo, llega de la mano de la pintura y se encuentra en el Museo Tirol Panorama. Allí se expone el lienzo circular que Michael Zeno Diemer y sus ayudantes pintaron en 1896, siguiendo la moda de estas grandes composiciones envolventes que, vistas desde la distancia adecuada, adquieren una apariencia casi tridimensional. El cuadro, de 100 metros de largo por 10 de alto, narra la batalla de Bergisel de 1809 —no por casualidad el restaurante del museo adopta esos cuatro números como nombre—. Napoleón planea en el trasfondo y emerge una figura que se repite por toda la ciudad: Andreas Hofer, héroe alpino por excelencia.
Quienes además de ver paisajes verdes o nevados y disfrutar de la naturaleza quieran palpar la historia de los Habsburgo y el arte creado bajo su reinado, tienen una cita en el castillo de Ambras, sobre una colina al sudeste de la ciudad. Se llega tomando un autobús cuyo trayecto está incluido en la Innsbruck Card, el pasaporte más útil que nos abrirá las puertas de todos los museos y transportes, incluidos los adictivos funiculares. En este castillo renacentista, además de admirar retratos de los Habsburgo, aprendemos detalles sobre la vida del soberano Fernando II, hijo de Felipe el Hermoso y Juana la Loca. De hecho, su Sala Española, levantada entre 1569 y 1572, presenta frescos en los que Fernando II aparece varias veces, incluso retratado como Hércules.

El coleccionismo tiene una importante presencia en Ambras, pues cada vez que venía un barco procedente de América o de las Indias, Fernando II pugnaba para hacerse con algún objeto o material único en el mundo. Así, su gabinete de las maravillas contiene cajitas de coral —un material costosísimo en su época—, objetos de madreperla, animales disecados como un pez globo y, lo más divertido, la silla donde se practicaba un concurso de bebida rápida. Había que sentarse en ella para probar si el vino tirolés hacía estragos en los asistentes.
Otra actividad disfrutable todo el año es la visita a los Mundos de Cristal de Swarovski, una de las atracciones más frecuentadas de Austria. A las afueras de la ciudad —el autobús está incluido en la entrada— espera una experiencia que combina paisaje, arte, diseño y gastronomía. Sus instalaciones artísticas inmersivas, que cambian periódicamente, sorprenden por la manera en que exploran las posibilidades expresivas del cristal.
Ya de vuelta en la ciudad nos esperan locales de estilo vienés como el Café Central, con su tarta Sacher para merendar. Y al anochecer, el plan es subir al Bar 360º, dentro del centro comercial Rathaus Galerien. Como su nombre deja intuir, ofrece una panorámica de la ciudad, en la que destacan sus numerosas cúpulas de cebolla color verde pálido, dos de ellas pertenecientes a la muy barroca catedral de Santiago (Dom St. Jakob), donde se celebran conciertos de carrillón en verano en una ciudad que ofrece planes para todos los gustos.
Esquiar a dos pasos de la ciudad
Hasta principios de primavera, Innsbruck funciona a doble altura: abajo ofrece cafés, museos y escaparates, y en lo alto, esquís y remontes a pocos minutos de distancia del centro urbano. Doce estaciones repartidas en su entorno inmediato permiten improvisar el plan, ayudados por el forfait SKI plus CITY Pass, válido para todas ellas. Aquí destacamos algunas:
- Patscherkofel, coronada por su antena inconfundible, conserva la memoria de los Juegos Olímpicos de Invierno de 1964 y 1976, pero hoy se presenta como la montaña favorita de los locales (hasta el 6 de abril).
- Con más de 40 kilómetros de pistas y 9 remontes, Axamer Lizum es la mayor zona de esquí cerca de Innsbruck: amplia, rápida y variada. Sus pistas olímpicas y áreas para practicar freeride conviven con rutas de travesía y un restaurante panorámico que invita a descansar en su terraza cubierta, que presume de ser la más grande de Austria (hasta el 12 de abril).
- Más arriba, la Nordkette mira a la ciudad desde lo alto, como vigilándola. Es un lugar para quienes buscan vértigo, pero también para tumbarse al sol (hasta el 19 de abril).
- Kühtai, por su parte, ofrece alta montaña, nieve persistente y la comodidad de salir de un hotel directamente a las pistas (hasta el 19 de abril).
Feed MRSS-S Noticias
