“Es la historia total”: las aventuras del explorador y deportista extremo Antonio de la Rosa

Muchos navegantes han cruzado el océano Pacífico a vela, bastantes lo han hecho además en solitario, pero solo uno lo ha logrado sobre una tabla de paddle surf: Antonio de la Rosa (Íscar, Valladolid, 1969). Lo hizo en 2019 sobre una tabla de diseño especial de siete metros de eslora que incluía una pequeña cabina para dormir. Salió de San Francisco (EE UU) y llegó a Hawái tras recorrer 4.750 kilómetros paleando en solitario y sin asistencia durante 76 días.

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 Ha cruzado el Pacífico en paddle surf y ha ido de Marruecos a Lanzarote en kayak. El mejor aventurero español en solitario publica su biografía  

Muchos navegantes han cruzado el océano Pacífico a vela, bastantes lo han hecho además en solitario, pero solo uno lo ha logrado sobre una tabla de paddle surf: Antonio de la Rosa (Íscar, Valladolid, 1969). Lo hizo en 2019 sobre una tabla de diseño especial de siete metros de eslora que incluía una pequeña cabina para dormir. Salió de San Francisco (EE UU) y llegó a Hawái tras recorrer 4.750 kilómetros paleando en solitario y sin asistencia durante 76 días.

La gesta que a ustedes y a mí —incapaces de aguantar más de media hora sobre una de esas tablas con el mar al plato y junto a la orilla— nos parece sobrehumana no es más que una más del currículo de un compatriota singular que hizo de la aventura, de la superación y de la búsqueda de los límites su razón de ser desde que, en 1995, casi de casualidad, se enteró de que existía una cosa llamada raid de aventura y se apuntó a uno en Canarias, junto con su buen amigo y compañero bombero, Marcos Barrantes.

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“Fue durísimo y nos perdimos por los barrancos del sur de Gran Canaria, pero nos alucinó y nos enganchó. Creo que fue ahí cuando la aventura entró en mí, primero como actividad competitiva y luego como pasión y estilo de vida”, me confesaba la semana pasada durante la presentación de su libro biográfico, Soy agua (Desnivel, 2026, 24 euros), en la librería Desnivel de Madrid. La obra, escrita por el periodista y montañero Isaac Fernández, un experto en escalada, alpinismo e himalayismo desde hace más de dos décadas, es un relato muy humano y sincero dictado por el propio Antonio —él reconoce que no le gusta escribir— de buena parte de sus aventuras extremas y en solitario: de Marruecos a Lanzarote en kayak, la Iditarod Alaska con esquís, la travesía del Atlántico a remo, la vuelta a la península Ibérica sobre una tabla de paddle surf, la travesía de Alaska invernal en una fat bike, la costa de Groenlandia de nuevo en una tabla de surf, el Antártico a remo en solitario, la llegada al Polo Sur con esquís…

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Pese a todo, De la Rosa reconoce que la parte de su vida que más le ha llenado fue la dedicada a raid de aventuras con pruebas de cinco o seis días non stop, armados con brújulas y mapas, que fueron la base de todo lo que ha hecho después en solitario. Tanto que las ha dejado fuera de este libro, en espera de contarlas en otro.

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Un currículo capaz de dejar helados a todos los presentes en Desnivel, público curtido y afín a la montaña que suele acudir a este tipo de actos con más ochomiles en su haber que subidas a la Pedriza pueda tener un mortal. La nota emotiva de la velada la puso su madre, que aparecía en el vídeo de presentación diciendo lo que habría dicho cualquier madre: “Hijo, ¿pero hay necesidad de hacer esto?”.

Conocí a Antonio de la Rosa hace una friolera de años, precisamente en un raid de aventura. Eran 1988 y coincidimos en el Raid Gauloises de Nepal y Tíbet. Me fijé en él porque era un personaje que no encajaba en el prototipo de aventurero extremo. Corto de talla para el estándar (1,70 centímetros de altura), con unos ojos azules que cautivan, un vozarrón capaz de romper cristales si entona una nota muy alta y una personalidad extrovertida y dicharachera, no daba el perfil de otros exploradores solitarios, taciturnos e incapaces de relacionarse con su entorno si no estaban amarrados a una cuerda que había conocido o entrevistado antes como periodista del ramo. Con una personalidad tan arrolladora, pensé, este tipo igual podía ser explorador polar que vendedor de enciclopedias a domicilio: las habría vendido todas. De la Rosa es una mezcla de lo social y lo solitario difícil de encontrar. Como dice su gran amigo y compañero de fatigas, el realizador y fotógrafo Alfonso Dors, que es quien le acompaña en todas sus aventuras para documentarlas, no es “una figura broncínea e inalcanzable, es ante todo un ser humano con una conexión terrenal con sus miedos, sus dudas y su inagotable sentido del humor. Él no cuenta las aventuras desde un pedestal, sino desde la cubierta de su bote o la grieta en su tienda de campaña. Y es ahí donde reside su valor más grande: nos demuestra que la épica no está reservada para los superhombres, sino para aquellos que, aun siendo de carne y hueso, eligen seguir adelante cuando el sentido común grita retirada”.

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Buena parte de Soy agua está dedicada a la que para mí es su mayor gesta hasta el momento: emular la épica travesía del océano Antártico que hizo en 1916 Ernest Shackleton y cinco de sus hombres desde la isla Elefante hasta las Georgias del Sur para pedir ayuda y rescate cuando su barco, el Endurance, quedó atrapado por el hielo y finalmente se hundió, dejando a toda la expedición varada en la Antártida y sin posibilidad de socorro. Antonio de la Rosa, gran admirador de Shackleton, decidió hacer la travesía en solitario y en un bote a remo desde el cabo de Hornos hasta la isla Elefante y las Georgias del Sur. Una insensatez como la copa de un pino si conoces ese mar, al que a los mortales ni hartos de vino se nos ocurriría meternos —más aún en un pequeño bote de siete metros y en solitario— con semejante maremágnum de olas, vientos huracanados y frío impío. En palabras de Fernández: “Es la historia total”, el guion que habría escrito un guionista de Hollywood porque tiene de todo, tiene buenos y malos (el barco de apoyo que contrató le abandonó en medio de la travesía), innumerables vicisitudes, momentos de tensión en los que la tragedia se masca y un final feliz. Merece la pena comprar el libro solo por seguir esta narración, más adictiva que cualquier novela negra.

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Por cierto, el título de la obra lo explica muy bien Fernández: “Antonio de la Rosa es agua porque tiene la capacidad de adaptarse a los desafíos, modelarse como el líquido a los retos y a los cambios, la capacidad de no hundirse y de seguir a flote hasta el final”.

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