<p>De Corea del Sur llegan muchas cosas. Algunas se consumen rápido -kimchi, té, ¿K-dramas?- . Otras requieren <i>algo</i> más de tiempo. La música de Unsuk Chin, por ejemplo. La surcoreana acaba de llevarse el <strong>Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento</strong> en Música y Ópera.</p>
La compositora surcoreana acaba de ganar el Premio Fundación BBVA Fronteras de Conocimiento en Música y Ópera por su «singularidad» y «refinamiento sonoro»
De Corea del Sur llegan muchas cosas. Algunas se consumen rápido -kimchi, té, ¿K-dramas?- . Otras requieren algo más de tiempo. La música de Unsuk Chin, por ejemplo. La surcoreana acaba de llevarse el Premio Fundación BBVA Fronteras del Conocimiento en Música y Ópera.
No es un premio por acumulación ni por trayectoria domesticada. Unsuk Chin hace de la música contemporánea un territorio un poco menos previsible. El jurado habla de «refinamiento sonoro» y de una «capacidad magistral de transformar el sonido en un juego de ilusiones y metamorfosis». Traducido: Chin no compone piezas, construye mecanismos. Artefactos sonoros donde nada se queda quieto demasiado tiempo.
Su historia no empieza en un conservatorio elitista, tampoco en una infancia rodeada de privilegios. Empieza con un piano prestado casi accidental y con una niña que aprende sola porque no hay otra opción. Corea del Sur, años duros, poco acceso a formación reglada. Autodidacta por necesidad antes que por romanticismo. Ahí se forja algo importante: una relación con la música que más que pasar por el canon pasa por el canon, pasa por la intuición y la obstinación.
Chin no compone «sobre» cosas, compone «con» cosas: filosofía, ciencia, literatura, imágenes, sueños. Un cruce de cables constante y al parecer, fructífero. Sus óperas –Alicia en el país de las maravillas y La cara oculta de la luna, entre otras- funcionan casi como laboratorios donde la voz deja de ser solo canto para convertirse en materia maleable.
No extraña que sus partituras hayan acabado en manos de algunas de las mejores orquestas del mundo. La Filarmónica de Berlín la ha convertido en una presencia habitual, especialmente durante la etapa de Simon Rattle. Y su relación con Kent Nagano ha sido igual de fértil en plazas como Múnich o Hamburgo. Reconocimiento institucional y complicidad artística de la que deja huella.
Desde el jurado insisten en ese carácter casi onírico de su música, en su obsesión por el color, por las texturas, por esas orquestaciones densas donde conviven distintos planos sonoros sin pedir permiso. Pero hay algo que va todavía más allá. Una negativa bastante radical a ser encasillada. Chin no quiere ser «la compositora coreana». Quiere ser, simplemente… compositora. Más que suficiente, ¿no?
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