La lancha de Santiago Alvarado hoy no sale a pescar bocas coloradas. Ni pargos ni robalos, aún más preciados. Hace un buen día de sol y calma en el golfo de Fonseca que más parece un lago azul plantado en un rincón del Pacífico. Cierto es que sus aguas se reparten entre El Salvador, Honduras y Nicaragua. Tres países que han accedido, no sin fricciones, a repartirse la soberanía marítima del golfo de Fonseca. Y así surge esa fantástica frontera que llaman Trifinio. Un triple confín, marcado con el dedo del optimismo más internacional sobre las olas.
Tras navegar entre El Salvador, Honduras y Nicaragua por las aguas del golfo de Fonseca se llega a este discreto paraíso de 80 kilómetros cuadrados y 14.000 almas
La lancha de Santiago Alvarado hoy no sale a pescar bocas coloradas. Ni pargos ni robalos, aún más preciados. Hace un buen día de sol y calma en el golfo de Fonseca que más parece un lago azul plantado en un rincón del Pacífico. Cierto es que sus aguas se reparten entre El Salvador, Honduras y Nicaragua. Tres países que han accedido, no sin fricciones, a repartirse la soberanía marítima del golfo de Fonseca. Y así surge esa fantástica frontera que llaman Trifinio. Un triple confín, marcado con el dedo del optimismo más internacional sobre las olas.
Alvarado vive en Zacatillo, la isla más próxima al gran puerto salvadoreño de La Unión. Conoce el golfo y sus islas como las rayas de su mano. Pronto dejamos atrás la silueta del volcán salvadoreño Conchagua, cuyas garras se diría que quieren asomarse hasta el mar. Después van saliendo como frutos verdes del océano Pacífico islas como Conchagüita y Meanguera. En otro momento parece que no hay nada y se vislumbran unos islotes, casi motas, que Alvarado llama “piedras” y que pertenecen a Nicaragua. Desde ellas ese país habría trazado una de sus líneas del Trifinio sobre el golfo. Así vamos pasando de país en país, como en un juego de Rayuela al estilo de Cortázar,sin hitos, ni mojones, ni banderas que no sean de espuma. Y en poco más de una hora se apunta en el horizonte el cono verde de Amapala, nuestro destino.
Hemos puesto pie en Honduras. No hay nadie en el muelle, salvo el calor tropical de mediodía. Duermen hasta las moscas y las almejas. Otra cosa es que el país centroamericano no siga manteniendo su soberanía armada sobre sus islas, especialmente sobre la cercana isla Conejo, reivindicada por El Salvador. Pero, por otro lado, cada vez se alejan más antiguas pesadillas, como la Guerra del Fútbol o Guerra de las Cien Horas entre Honduras y El Salvador, que dejó 3.000 muertos en 1969. En Amapala no hay un estadio. Las formalidades de una frontera son íntegras incluso en una isla que apenas roza los 80 kilómetros cuadrados y una población de en torno a 14.000 almas. Sellado el pasaporte otra vez entras en un discreto paraíso. No hay coches a la vista, ni ruidos, ni paseantes a estas horas. Ves casas de colores y, sobre todo, la imponencia que emerge del antiguo volcán del Tigre. No le salen solfataras ni penacho sino laderas de un verde oscuro que evocan la selva.

Amapala tiene motivos para ufanarse. No solo fue breve capital de Honduras en 1876, sino la propia capital de la República Mayor Centroamericana. Y ello en virtud del Tratado de Amapala, suscrito por los presidentes de Honduras, El Salvador y Nicaragua el 20 de junio de 1895. Un sueño de unión, muy al estilo, tardío, de Bolívar, pero que solo tuvo una vigencia de tres años. En 1898 esa república cambió de nombre estableciéndose los Estados Unidos de Centroamérica. Esperanzado título que duró tres mees. En noviembre de ese mismo año fue derrocado el presidente salvadoreño y el pacto de Amapala estalló. Y con él, el sueño de su capitalidad.

Junto al muelle se alza la discreta mole de la centenaria Casa Uhler. Fue construida y dirigida por prósperos comerciantes alemanes. Hoy la Casa Uhler con su vistoso armazón de madera se desmorona lentamente sin que aún se otee su destino. Amapala también disfruta de un par de plazas con placas históricas y estatuas de próceres. Más turismo parecen motivar las abundantes leyendas del pueblo. La Cueva de la Sirena se ha reconvertido en mítico lugar de encuentro amoroso del pirata Sir Francis Drake y una dama con cola de pez. Por otro lado, es posible que Drake usara Amapala como refugio de sus correrías en el golfo de Fonseca. Lo más certero es el volcán del Tigre, que no en vano fue uno de los nombres que tuvo la isla en algunas cartas. A sus laderas subían los indígenas y allí hacían sus ritos. Pero poco se sabe de esos tiempos de una isla que también fue conocida como Petronila en tiempos españoles. Todo eso y más lo cuenta Humberto Rodríguez, apodado El teacher (el maestro) por su buena memoria y su afición por las historias de su pueblo. Por más de medio siglo trabajó como marinero y recorrió el mundo. Quizás lamenta no haber podido estudiar más. Pero algo sí parece tener claro: “Albert Einstein estuvo en Amapala”.
Tal idea empezó a rodar en 2017, tras una información de BBC Mundo sobre una posible visita del físico a esta isla. Tal vez de tres días, quizás de solo uno. Acaso desembarcó y se alojó en la Casa Uhler, o bien permaneció a bordo del barco mercante en el que viajaba de incógnito con su mujer Elsa. Lo cierto es que Einstein dejó dos entradas en uno de sus diarios donde efectivamente menciona su visita al golfo de Fonseca, y a una isla que llama del Tigre. Pero el año exacto de esa visita solo se supone. Lógicamente, el viaje de Einstein debió estar envuelto por la discreción. Y por la protección que le daban en Estrados Unidos desde que lo acogieron como exiliado. Ya en 1930, Einstein estaba en Estados Unidos y así se salvó de lo que conllevó la Alemania nazi. Y empezó pronto a colaborar con la Universidad de Princeton, aunque también dio cursos a partir del invierno de 1931 en el Caltech, el Instituto de Tecnología de California con sede en Pasadena. Donde coincidió un tiempo con Oppenheimer, “el padre de la bomba atómica”.

Einstein pudo haber hecho su extraño viaje por el Pacífico centroamericano zarpando desde California. Así llegó primero hasta el puerto salvadoreño de La Unión y desde ahí al golfo de Fonseca. Eso menciona en uno de sus diarios que se encuentran entre los archivos personales custodiados en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Y en Amapala tanto el ayuntamiento como la oficina de turismo hondureña se suman a esa hipótesis. No todos los días una pequeña isla tiene el honor de ser avistada, y acaso pisada, por un físico de la talla de quien descubrió que el tiempo y el espacio también se curvan.
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