Al rescate de Pedro Garfias, el ultraísta de la Generación de 27: «Su existencia fue dramática, pero su obra no»

<p>Después de la Guerra Civil, el escritor <strong>Pedro Garfias Zurita </strong>emprendió un viaje forzado que le condujo primero a Francia y luego a Inglaterra. Terminó recalando en el puerto de Veracruz en 1939, inmerso en un nutrido contingente de exiliados españoles tras el desastre de la contienda. En México es donde cuaja el testimonio de uno de los miembros más singulares y, a la vez, más desconocidos de la Generación del 27. Para paliar este olvido, los profesores Francisco Estévez y Juan Pascual Gay han publicado <i>Obra reunida. Verso y prosa</i> (Centro Cultural de la Generación del 27, Diputación de Málaga), dos extensos volúmenes orientados a divulgar la obra de <strong>un ultraísta que convierte la nostalgia en sustancia poética y la memoria en territorio habitable</strong>.</p>

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 El Centro Cultural de la Generación del 27 publica ‘Obra reunida. Verso y prosa’, de uno de los miembros más desconocidos y, a la vez, más singulares del grupo.  

Después de la Guerra Civil, el escritor Pedro Garfias Zurita emprendió un viaje forzado que le condujo primero a Francia y luego a Inglaterra. Terminó recalando en el puerto de Veracruz en 1939, inmerso en un nutrido contingente de exiliados españoles tras el desastre de la contienda. En México es donde cuaja el testimonio de uno de los miembros más singulares y, a la vez, más desconocidos de la Generación del 27. Para paliar este olvido, los profesores Francisco Estévez y Juan Pascual Gay han publicado Obra reunida. Verso y prosa (Centro Cultural de la Generación del 27, Diputación de Málaga), dos extensos volúmenes orientados a divulgar la obra de un ultraísta que convierte la nostalgia en sustancia poética y la memoria en territorio habitable.

Ambos especialistas aportan la última y más completa edición de un poeta al que ya antes se habían asomado editores y críticos como Santiago Roel, Sánchez Pascual, Moreno Gómez, Alfredo Gracia Vicente y José María Barrera, entre otros. Nacido en Salamanca en 1901, aunque criado en Córdoba, el nombre de Pedro Garfias ejerce un puesto destacado en la Generación del 27, con una obra que no puede desligarse de su militancia política y de su nomadismo prolongado. Vinculado desde joven a los núcleos intelectuales que impulsaron las vanguardias, su participación en el ultraísmo -al lado de Guillermo de Torre, Cansinos Assens y otros- fue tan temprana como decidida. Como director de la revista Horizonte y cofundador de Ultra, se erigió en uno de los portavoces del nuevo espíritu estético que defendía la ruptura con los moldes modernistas. En esta etapa, concurre a reuniones y tertulias en el cuarto de Federico García Lorca en la Residencia de Estudiantes, intima con Pepín Bello y se relaciona con Luis Buñuel.

Entonces muestra su afinidad al socialismo y al anarquismo. Después se abre un periodo en el que apenas hay noticias suyas. Hasta que estalla la guerra, que le lleva a alistarse en las filas republicanas. «La existencia de Garfias fue dramática de muchas maneras, pero no necesariamente su obra que, de cualquier manera, no puede entenderse sin aquella», sostienen Estévez, profesor en la Cátedra de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Málaga; y Pascual Gay, autor de diversos trabajos sobre literatura mexicana, hispanoamericana y española. «En Garfias hay intimidad entre el hombre y la palabra, como si la poesía inseparable del hombre fuera lo más verdadero de este y acaso lo único verdadero. Su relación con la palabra poética es semejante al cortejo amoroso».

A partir de la década de 1920, el autor se fue alejando del radicalismo ultraísta. Obras como El ala del sur muestran un equilibrio entre la intuición imaginativa y un tono meditativo, a menudo teñido de nostalgia y recogimiento. «El poeta errante levanta su casa en todas partes a condición de construirla con palabras». La Guerra Civil supuso un punto de inflexión. Desde un firme compromiso con la República, Garfias escribió algunos de sus poemas más célebres durante el conflicto, entre ellos el ardoroso Asturias, que más tarde sería convertido en himno por Víctor Manuel. Su poesía bélica no se reduce a la consigna política; en ella conviven la exaltación, la pérdida y una conciencia trágica que entiende el combate como destino y herida.

El exilio mexicano es, quizá, la fase más profunda y dolorosa de su obra. Lejos de su tierra, Garfias transformó la nostalgia en una forma de lucidez. Libros como Primavera en Eaton Hastings revelan una voz despojada, transparente, donde la memoria se convierte en materia poética. La imagen ya no es un estallido vanguardista, sino un puente tenue entre el presente y un pasado irrecuperable. En estos poemas la identidad del escritor se fragmenta: es el andaluz desplazado, el republicano derrotado, el viajero sin retorno y, al mismo tiempo, un hombre que descubre en la extrañeza un modo de pertenecer al mundo.

Garfias, según los dos especialistas que han rescatado su obra, «dejó algo más que huella en México», país en el que escribió la mayor parte de sus textos. «Escribió en servilletas, en hojas de cuentas, en pajaritas de papel. Su prodigiosa memoria esculpía esos versos errantes que en ocasiones reescribía obsesivamente. Se ganó el afecto de muchos que lo conocieron, su dipsomanía alejó a otros muchos». México, con su vitalidad cultural y su geografía desbordante, ofreció al poeta un espacio para reconstruirse, pero también activó constantemente la memoria de la patria perdida. En este territorio nuevo, Garfias escribió algunos de sus poemas más hondos, reunidos más tarde en Poesía junta.

El exilio se convierte así en el eje que articula su voz. «Garfias no supo o no pudo dejar atrás el pasado, sino que lo confundió con el futuro hasta transformarse paradójicamente en un tiempo exclusivo».

«El nomadismo reúne una disposición decisiva del poeta durante su etapa mexicana», puntualizan Estévez y Pascual Gay, quienes añaden que «no es descartable que también la dipsomanía fuera causa de su vagabundaje, una fuga de sí y de todo». En este país Garfias desarrolló también una intensa labor cultural: colaboró en revistas, participó en coloquios y trabó amistad con otros exiliados como León Felipe o Juan Rejano. A pesar de ello, su vida estuvo marcada por la precariedad económica y la fragilidad personal. Su figura encarna la paradoja del exiliado: plenamente integrado en la vida intelectual mexicana, pero siempre vuelto hacia una España imposible.

Garfias murió en Monterrey en 1967. Fuera del parnaso literario, pero admirado por círculos literarios que reconocían en él a un notable poeta. Su trayectoria permite comprender la evolución estética de la Generación del 27 más allá de los nombres consagrados y, sobre todo, ilumina la dimensión humana y artística del exilio republicano.

«Su poesía -concluyen Estévez y Pascual Gay- es una bitácora o un diario privado. Una escritura que revela la situación del autor en cada momento». Pedro Garfias, felizmente recobrado, puede definirse como un poeta cuya fuerza radica en su capacidad para transformar la experiencia personal -el fervor vanguardista, la guerra, la derrota, la nostalgia- en un lenguaje que sigue vibrando por su honestidad y su intensidad emotiva.

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