Las casas de Javier Marías (que ahora son pisos turísticos)

«Desde los balcones de mi casa en la Plaza de la Villa, una casa soleada y por ello alegre y expuesta a la luz cambiante del día, vi pasar los meses de un invierno madrileño inusualmente seco, un invierno de cielos nítidos y tardes encendidas que teñían de rosa y malva los sillares de la Casa de Cisneros. Me gustaba trabajar allí, en el gran cuarto que me servía de estudio, rodeado por el rumor de los pocos transeúntes que cruzaban el empedrado abajo y el eco lejano del tráfico de la Calle Mayor. Sentado ante la máquina eléctrica, viendo cómo las sombras se alargaban sobre la estatua de don Álvaro de Bazán, sentía que aquel Madrid antiguo y algo severo era el único refugio posible tras los años de intemperie y sospechas».

 El escenario de cientos de artículos y de ‘Tu rostro mañana’ fue parte de la imagen del escritor. Vivió de alquiler con 20.000 libros  

«Desde los balcones de mi casa en la Plaza de la Villa, una casa soleada y por ello alegre y expuesta a la luz cambiante del día, vi pasar los meses de un invierno madrileño inusualmente seco, un invierno de cielos nítidos y tardes encendidas que teñían de rosa y malva los sillares de la Casa de Cisneros. Me gustaba trabajar allí, en el gran cuarto que me servía de estudio, rodeado por el rumor de los pocos transeúntes que cruzaban el empedrado abajo y el eco lejano del tráfico de la Calle Mayor. Sentado ante la máquina eléctrica, viendo cómo las sombras se alargaban sobre la estatua de don Álvaro de Bazán, sentía que aquel Madrid antiguo y algo severo era el único refugio posible tras los años de intemperie y sospechas».

Esas 135 palabras tomadas de Tu rostro mañana son parte de la leyenda del número dos de la Plaza de la Villa, Madrid, el lugar en el que Javier Marías vivió casi tres décadas y media. El escritor alquiló allí un piso y luego dos y los convirtió en parte de su imagen ante el mundo: las lámparas de velador, su luz como del Españoleto, los muebles del gusto antiguo, de club londinense, las puertas francesas del estar al despacho, la máquina de escribir, el parquet gastado, los libros el balcón abierto y, en él, Marías fumando a contraluz.

Marías murió en 2022, un sábado de luz incierta, y sus dos pisos se convirtieron en una cámara del tiempo por la que se preguntaron mil veces amigos y admiradores. Este octubre, la viuda de Marías, Carme López Rodríguez-Mercader, donó a la Biblioteca Nacional su biblioteca y le vendió sus archivos personales. Y, desde hace meses, en el edificio de Plaza de la Villa no hay casas. La mujer que limpia el portal lo cuenta a quien pregunte: «Lo siento, no hay nada libre ni lo va a haber, es todo para turistas». En Booking.com es posible reconocer las vistas del edificio hacia la calle mayor en un apartamento en oferta con el nombre de Villa Rooms.Calificacióones: ubicación, 9,2. Calidad precio, 7,4. Nadie vive en los pisos del escritor. Hay gente de paso que probablemente ignore su historia.

Algunos datos: la Plaza de la Villa es antiquísima pero el edificio del número dos es de 1910. Ocupa 315 metros cuadrados y tiene cuatro pisos y Marías vivía entre el primero y el cuarto. «Javier habría querido tener pisos contiguos y unirlos pero no pudo», cuenta el poeta Luis Antonio de Villena, amigo de Marías desde los tiempos de la calle Vallehermoso.

En Vallehermoso, 34, en lo que era un ensanche de clase media, se había instalado en 1959 el padre del escritor, el filósofo Julián Marías, con Dolores Franco y sus hijos. Primero compraron un piso y luego el de al lado, donde Julián («Don Julián», corrige Luis Antonio) puso la biblioteca. Las habitaciones de los niños eran pequeñas, cuartitos para adolescentes de los 60 con camas de 80 centímetros. Cuando los hermanos mayores se fueron, el joven Marías ocupó su espacio.

Y, ahora que han pasado los años, se puede contar que, hacia 1990, bien entrado en la treintena, Javier Marías vivía con su padre y, a veces, subía a casa a su novia veneciana. Don Julián le hizo saber que aquello le molestaba y más o menos así terminó la larga adolescencia del escritor. Marías decidió entonces vivir como un adulto y alquiló un piso cuyo inquilino anterior también se llamaba Javier: Gurruchaga.

El cambio le gustó a Marías. El piso apareció en mil artículos, en Tu rostro mañana, en Mañana en la batalla piensa en mí y, con menos énfasis, en Tomás Nevison y Berta Isla. En seguida compró un piso en el barrio, en la Plaza Mayor, pero no lo ocupó. Allí se quedó una amiga. Lo que sí hizo el escritor fue ampliar su alquiler con otro piso, en la primera planta. Según Luis Antonio, el esquema era el siguiente: arriba, Marías tenía su vivienda y estudio. La imagen que tenemos todos de él es la de ese piso. Allí dormía y comía. «La verdad es que nunca lo vi hacer una tortilla. Bueno, a mí tampoco», recuerda el poeta. La otra vivienda, la del primero, era a la vez oficina, apartamento para invitados y gabinete de maravillas. Era el lugar en el que el escritor guardaba la parte de biblioteca que no cabía en casa y algunas antigüedades. «Allí tenía sin abrir el baúl con las pertenencias del poeta John Gawsworth, que había sido rey de Redonda. No encontraba el momento. No sabía si había manuscritos inéditos o pantuflas».

Marías, en 2017
Marías, en 2017Ángel Navarrete

Los pisos eran grandes, no enormes. 100 metros cuadrados, quizá más. «No estoy seguro. Las casas llenas parecen más pequeñas de lo que son», dice De Villena. Es fácil comparar los lugares de Marías con el torreón de Ramón Gómez de la Serna en Velázquez, pero en más tamaño. «Había soldaditos de plomo por todas partes. Te despistabas y tirabas un soldadito. A Javier le divertía ver la cara de apuro que se te quedaba», cuenta el periodista y poeta Antonio Lucas. «Tenía una colección de botellas antiguas de jerez y oportos, cosas así, muy a la inglesa. Y había una colección de películas enorme. Algunas rarísimas. Me explicó cómo las conseguía y era un asunto muy complejo», dice De Villena. «A mano izquierda estaba la máquina de escribir, enorme. No era una antigüedad, era su herramienta de trabajo. Yo la veía y me daban ganas de escribir», continúa el escritor Juan Cruz. «Siempre te regalaba algo. Un libro en inglés, una antigüedad… La casa estaba bien cuidada, había buen mantenimiento».

En una entrevista de 2011, Marías dijo que guardaba 20.000 libros entre los dos pisos, de modo que el centro de su vida doméstica era la biblioteca. Los libros tenían más peso en su vivienda que el mejor de los muebles, también en el sentido físico. «Hubo un problema estructural por el peso de los libros», recuerda Antonio Lucas. «En Alfaguara [la editorial de Marías] le ayudaron a sacar peso. El edificio no aguantaba». A 400 gramos el ejemplar, salen ocho toneladas.

«Las estanterías las mandó hacer en una carpintería que se llamaba Balda, en la calle Príncipe de Vergara. Lo sé porque me pasó la referencia y les encargué la mía. Muy buen trabajo y bastante caro», recuerda De Villena. Más o menos así era todo en la casa de Javier Marías. Los muebles eran un poco antiguos pero no tanto y eran buenos aunque ninguno diera una imagen suntuosa. ¿Dónde estarán?

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