En la Península hay pocas localidades donde no haga un calor preocupante en verano. Y en Canarias, que están 1.400 kilómetros más al sur, menos aún. Eso es lo que piensan muchos viajeros al hacer la maleta, y cuando llegan a San Cristóbal de La Laguna descubren tiritando que deberían haber leído algo más de historia y geografía tinerfeñas, que la primera capital de la isla se fundó en 1496 a buena altura, a 550 metros sobre el mar, en un valle del noreste rodeado de montañas, ideal para defenderse de los guanches alzados, pero también para quedarse pajarito, porque los alisios amontonan nubes y humedad que da gusto. Es la eterna panza de burro, les advierten a los turistas los muy pacientes y abrigados laguneros, ya demasiado tarde.
La primera capital de la isla de Tenerife es ciudad patrimonio de la Unesco, uno de los Pueblos Gastronómicos de España y la puerta del selvático y abrupto macizo de Anaga. Además, en verano hace fresco
En la Península hay pocas localidades donde no haga un calor preocupante en verano. Y en Canarias, que están 1.400 kilómetros más al sur, menos aún. Eso es lo que piensan muchos viajeros al hacer la maleta, y cuando llegan a San Cristóbal de La Laguna descubren tiritando que deberían haber leído algo más de historia y geografía tinerfeñas, que la primera capital de la isla se fundó en 1496 a buena altura, a 550 metros sobre el mar, en un valle del noreste rodeado de montañas, ideal para defenderse de los guanches alzados, pero también para quedarse pajarito, porque los alisios amontonan nubes y humedad que da gusto. Es la eterna panza de burro, les advierten a los turistas los muy pacientes y abrigados laguneros, ya demasiado tarde.
Así que lo primero extraordinario que hay que hacer si se viaja allí en verano es incluir algo de ropa de abrigo en el equipaje. Algo para arriba y para los pies, porque la laguna que dio nombre a la ciudad sigue estando ahí, enterrada bajo las calles en damero que sirvieron de modelo para trazar muchas urbes de América. Cómo era la laguna de La Laguna —valga la redundancia— puede verse en el plano que dibujó en 1588 el ingeniero italiano Leonardo Torriani y que está reproducido en el suelo de la plaza de la Junta Suprema. Aquí traen los guías a los muchos ingleses que suben al atardecer desde la soleada costa sur de Tenerife y visitan esta alta y nublada ciudad maldiciendo la hora en que decidieron venir en chanclas y manga corta.

Tan importante como hacer bien la maleta, es dar en el clavo con la compañía aérea, que sea económica pero formal. Por unos 45 euros se puede volar en agosto con Iberia Express de la Península al aeropuerto de Tenerife Norte, que está a 10 minutos de La Laguna, y hacerlo con absoluta puntualidad: en 2025 fue la aerolínea de Europa más cumplidora en esto por tercer año consecutivo. Si se coge el vuelo de las 6.35, se estará desayunando a las 9.00 un canelé de Burdeos o cualquiera de las dulces maravillas que obra Pablo Fernández del Castillo en Makika, en el casco histórico de La Laguna.
Desayunar frutas ecológicas
Tampoco se desayuna mal en el bufé del céntrico y señorial hotel Laguna Nivaria, sobre todo si se explora su sección de frutas ecológicas: plátanos, papayas, mangos, aguacates, acerolas, piñas… Todo esto lo cosechan en La Vizcaína, una finca certificada de 50.000 hectáreas que hay en Valle de Guerra, a 15 kilómetros al noroeste de La Laguna. Si tenemos mucho interés, se puede visitar solicitándolo en el mismo alojamiento. Allí descubriremos frutas insólitas en España —como los canisteles mesoamericanos que, en el árbol, parecen limones, pero saben a dulce de leche y tienen una textura harinosa, como de yema de huevo duro— y también animales de granja autóctonos, como el cochino negro canario o la oveja pelibuey.

De paso, podemos parar a curiosear y desayunar (¡otra vez!) en Frutas y Verduras Nito, un mercado con cafetería del vecino municipio de Tegueste propiedad de Sergio Rodríguez, Nito, un agricultor que vende sin intermediaros lo que cultiva y que arrasa en Instagram —tiene 161.000 seguidores— con sus reels francos y combativos.
Moverse como una torre de ajedrez por el tablero urbano
Después de desayunar, los forasteros en Canarias suelen bajar a la playa o a la piscina. En La Laguna no hay playa —en el municipio, sí, como luego veremos— y pocos hoteles tienen piscina descubierta, por motivos obvios. Además, aquí lo que apetece es entrar en calor y, para ello, nada como moverse adelante y atrás, a izquierda y derecha, cual torre de ajedrez, por el tablero de San Cristóbal de La Laguna, primer ejemplo de ciudad colonial no amurallada trazada en cuadrícula, y patrimonio mundial de la Unesco desde 1999.
Si tomamos como casilla de partida la plaza del Adelantado, donde se alza desde el siglo XVI la mansión que hoy ocupa el Laguna Nivaria, saldremos por la calle Obispo Rey Redondo y nos plantaremos enseguida delante de la Casa de los Capitanes Generales, palacio de toba volcánica roja y amplio patio donde entre 1705 y 1723 vivieron seis mandamases de Canarias. Admiraremos luego los dragos de la plaza de los Remedios, frente a la catedral, que son talluditos, pero unos jovenzuelos de 60 años comparados con otros varias veces centenarios de la ciudad. Y subiremos 99 escalones para otear La Laguna desde lo alto del campanario de la iglesia de la Concepción.

Al pie del campanario, en el patio de la Casa Museo Cayetano López Felipe, hay una terraza perfecta para un descanso. Bajando después por la calle San Agustín, veremos el mapa de Torriani, el formidable claustro renacentista del antiguo convento de San Agustín y la no menos imponente Casa Lercaro, sede del Museo de Historia y Antropología de Tenerife. Los forofos de la historia se arrimarán finalmente al convento de Santa Catalina de Siena para recordar a la monja milagrosa Sor María de Jesús, La Siervita, y a la parroquia de Santo Domingo de Guzmán, donde yace bajo una losa decorada con una calavera pirata su devoto amigo Amaro Pargo (1678-1747), el corsario más famoso de España, un lagunero que ha inspirado leyendas, novelas e incluso un juego para buscar un tesoro suyo oculto en la ciudad siguiendo las pistas con el móvil.

Quienes prefieran la ruidosa multitud, concluirán el recorrido urbano paseando con un montón de vecinos y con cien palmeras canarias seculares a cada lado por el llamado Camino Largo, la Avenida de la Universidad, o acercándose al mercado municipal para cotillear en los puestos de papas —Tenerife cuenta con ¡18 variedades— y en las pescaderías donde las viejas, los chernes, los pejeperros y las morenas compiten por ver quién es el pez más feo y colorido.
Viajar 50 años atrás en el tiempo, a Bajamar
En los años sesenta y primeros de los setenta del siglo XX, antes de que se inaugurara el aeropuerto de Tenerife Sur y el litoral meridional de la isla se masificara, uno de los mayores reclamos turísticos de la misma era Bajamar, a 15 kilómetros al norte de la ciudad de La Laguna. Como en el resto del municipio y del norte de Tenerife, aquí no lucía mucho el sol. Tampoco había playas excelentes en esta empinada y abrupta orilla: solo una pequeña protegida por una escollera y otra de arena negra volcánica y cantos rodados donde rompían, y rompen, olas de susto. Por ello, el turismo en Tenerife tomó otros derroteros más soleados y Bajamar se fue quedando traspapelada, con el hotel Neptuno —el mejor de los años dorados— en ruinas, y con una fecha escrita debajo, “diciembre de 1971”, cuando Camilo Sesto inauguró la discoteca Tívoli, muy cerca del anterior.
La asociación Cervantear invita a viajar al Bajamar de hace medio siglo con guías locales, recordando las paellas multitudinarias que aquí se hacían —hubo una en 1973 para 10.000 personas— y la riada de 1977 que convirtió este rincón de la costa lagunera en una escombrera, en un lugar que ya no levantaría cabeza. Invitan porque la ruta es gratis. Tres lugares que hay que visitar, con guías o sin ellos, son la cancha de fútbol donde el hijo más famoso de Bajamar, Pedri, dio sus primeros pases; el mural en homenaje al cantante Quevedo que alegra las ruinas del hotel Neptuno y las piscinas naturales de dimensiones olímpicas que hay junto al faro, al borde del océano, y en las que, a falta de buenas playas, uno se puede bañar como hace medio siglo, con permiso de las olas, que son tremendas.

Caminar hasta un observatorio guanche y practicar el salto del pastor
Un poco más al norte, donde la costa urbanizada y/o urbanizable se acaba y empiezan los acantilados y barrancos del macizo de Anaga, se encuentra Punta del Hidalgo, que, al igual que Bajamar, tiene un aire demodé, de lugar de vacaciones de los setenta metido en una bola de cristal.
El plan extraordinario aquí es seguir el sendero litoral que lleva en menos de una hora hasta la ermita de San Juanito, pasando al pie de un altísimo y futurista faro blanco. Junto a la ermita, en la rasa intermareal basáltica, hay un yacimiento de cazoletas y canales guanches. Era un observatorio donde los aborígenes del achimenceyato de Addar veían cómo el sol naciente asomaba una vez al año a través de la cima hendida del cercano Roque de los Dos Hermanos —Aramuygo, para ellos— y sabían que era el solsticio de verano. Así lo cuentan los profesores laguneros José Farrujia y Miguel Ángel Martín en su libro Cuando el cielo nos habló. Y así lo creen muchas personas que se acercan el 21 de junio a este punto para ver amanecer.

Cualquier otro día, lo que se ve en los altos roques de Punta del Hidalgo es a gente que practica el salto del pastor canario, deporte que consiste en descender por las escarpadísimas laderas apoyándose en una larga lanza o astia de madera con un picudo regatón de hierro. Al llegar abajo, los saltadores invitan amablemente a los curiosos a iniciarse dando unos pequeños brincos en la orilla rocosa, delante de la ermita. Solo unos saltitos. Más no, porque es peligroso y hay que estar federado. En Tenerife hay 161 apasionados de esto federados. Y hay demostraciones y cursos de los que se informa en la web saltodelpastorcanario.org.
Comer pescado del día
En Cofradía de La Punta, en Punta del Hidalgo, se cena viendo los barcos arribar al puertito con lo que llevará la parrillada. Abundan en el municipio de La Laguna los restaurantes como este, donde hacen bien lo de cerca y lo de siempre, y también los que le dan una vuelta imaginativa, sin pasarse. Por eso La Laguna forma parte de la Red de Pueblos Gastronómicos de España. ¿Sugerencias? Tomen nota.
En el centro ajedrezado de la ciudad, merece la pena reservar en El Guadyl, en Bejeque y en Sorimba. El primer restaurante, moderno y desenfadado, está siempre a tope, y el almogrote y las cervezas artesanas Chutney no deben faltar en la mesa. En el segundo, el venezolano de raíces lusas Adrián Oliveira elabora lo canario con técnicas japonesas. Usa carbón Binchotan, el más puro y caro del mundo. Y el tercero es ideal para cenar: todo lo sirven en platos de cerámica artística y atienden con susurros.
Fuera del casco histórico, pero a solo 10 minutos de paseo, se encuentra Mallar, un restaurante que engaña, porque parece un tosco mesón y es un no parar de platillos deliciosos: taco de vieira, lomo de salmón fileteado con aceite de sésamo y picadillo, chorizo picante de El Hierro con huevo frito… El joven chef Rubén Pérez también engaña: tiene más experiencia de la que aparenta. Por último, en un promontorio sobre la cala del Roncador, en la costa norte, está Agrocardón, con mucho comedor al aire libre rodeado de huertos y frutales y con animales por doquier: cabras, burros, caballos, ponis, gallinas, pavos reales… En la zona chill-out, los bípedos implumes liban cócteles y las mariposas monarca, el néctar de las asclepias.
A la Reserva de Anaga en guagua
Cuesta creer que, a solo seis kilómetros de la ciudad histórica de La Laguna, una urbe trazada a escuadra y cartabón, bastante llana y sin apenas nada verde a la vista, se encuentre la Reserva de la Biosfera de Anaga, un territorio primitivo, montañoso y selvático a más no poder que alberga la mayor extensión de laurisilva que hay en Tenerife y un número de endemismos sin igual en Europa. Es como si el Renacimiento y y la era Terciaria —cuando se formaron la ciudad y la laurisilva— fueran dos páginas seguidas de un mismo libro.
Si vamos a Anaga en coche, pararemos de camino en Las Mercedes para conocer el venerable molino de gofio La Fuerza de La Voluntad, que lleva en marcha desde el 2 de febrero de 1942. Si subimos en guagua —en la número 275, desde el intercambiador de La Laguna—, llegaremos directamente, en una media hora, a Cruz del Carmen, donde está el Centro de Visitantes y arrancan dos senderos sencillos, perfectos para empezar a explorar a esta jungla primigenia: el de los Sentidos y el el de Hija Cambada. Para ver bien Anaga, necesitaríamos un mes. Habrá que volver.
Comer en La Cueva y bajar 500 escalones para catar vinos

Aunque poca, en Anaga vive gente: hay unas 2.500 personas repartidas por 30 aldeas y caseríos, seis de los cuales pertenecen al municipio de La Laguna. En uno de ellos, Chinamada, se siguen usando casas-cueva, como en tiempos de los guanches, y se debe comer en el restaurante La Cueva (922 69 00 76), que está excavado en la roca volcánica. Hay escaldón, papas, ropa vieja, más papas, carne de cabra, carne con papas, queso frito de cabra… Todo muy sencillo, muy guanche, muy rico. Aquí no hay sumiller, ni vinos extraordinarios. Para esto último, hay que ir a la Bodega 500 Escalones, que, como su nombre avisa, está medio millar de peldaños más abajo que el caserío Los Batanes, en el fondo de un barranco aparentemente inhóspito. No hay carretera. Hay un viejo guinche, un montacargas suspendido de un cable en el que los enoturistas podrían bajar y subir cómodamente antes y después de alucinar visitando los viñedos que alguien plantó allá abajo y que recuperó en 1999 Félix González, el padre de Javier, que es el enólogo y la cara visible y sonriente de esta increíble bodega. Pero no está preparado para que lo usen personas. Lástima. Toca bajar por la escalera labrada en la toba volcánica, catar un par de vinos y subir los 500 escalones con varias botellas a cuestas. Se habla mucho de la viticultura heroica y poco del enoturismo heroico.
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