En mis artículos para El Viajero no suelo usar la primera persona. Sin embargo, en esta ocasión procede hacerlo, no tanto como aviso para navegantes, sino para que se entienda mejor lo narrado.
Del Casino de Montecarlo a la catedral, pasando por Le Rocher y el Palacio Principesco, esta pequeña ciudad-estado hay que pasearla sin distracciones
En mis artículos para El Viajero no suelo usar la primera persona. Sin embargo, en esta ocasión procede hacerlo, no tanto como aviso para navegantes, sino para que se entienda mejor lo narrado.
A lo largo de los últimos años he visitado en más de una ocasión el Principado de Mónaco, al que es muy fácil llegar con el tren que bordea la Costa Azul, hallándose, por ejemplo, a menos de media hora de Niza. Mi primera vez en la patria de Raniero y Grace Kelly vino precedida de un vendaval de optimismo. Recordaba consejos de profesores del pasado, bien felices de narrar al alumnado cómo esta ciudad-estado consta de unos dos kilómetros cuadrados de superficie total, lo que hace suponer un fácil dominio de ese espacio, poblado por poco más de 38.000 habitantes, de los cuales 9.600 son de nacionalidad monegasca.
Bien es sabido que las apariencias engañan. Mónaco, independizado de Génova desde 1297, no forma parte de la Unión Europea pese a sus contactos más que frecuentes con Francia e Italia. Este factor, a priori, no supone ningún problema, o al menos antes no preocupaba a ningún visitante por el hábito de ir, a lo sumo, con un mapa para orientarse por sus calles. Pero los tiempos han cambiado y ahora mismo para muchos turistas resulta imprescindible disponer de internet para caminar con garantías. En mi caso confieso que suelo usar los mapas digitales como brújula base, para, a continuación, prescindir del móvil y así poder mirar bien aquello que piso sin condenarme a la pantalla.
El problema es que en Mónaco no puedes ir tan suelto —el roaming gratuito de la UE no se aplica de forma automática por ley—, al menos si es tu primera vez en el Principado, donde un exceso de confianza puede costarte una gran frustración, como fue mi caso tras bajar del tren, sentirme satisfecho por alcanzar el Casino de Montecarlo, que es el nombre de uno de los cuatro barrios del centro de Mónaco pese a confundirse por todo el conjunto, y luego soltarme hasta, literalmente, perderme en una serie de avenidas sin ninguna referencia visual válida para rehacer el camino y recuperar la cordura del itinerario.
Lo más grotesco de esa experiencia fue que pude entender con rotundidad mi fracaso al subir una cuesta e informarme un cartel de estar en Beausoleil, pueblo francés que junto a Montecarlo forma una sola aglomeración urbana. A partir de ese punto respiré hondo gracias a las vistas, perfectas para situarme y pasear sin necesidad de datos ni de conexión wifi al comprender la morfología de la ciudad.

La clave de todo estriba, sobre todo para caminar sin riesgo a extraviarse, en salir de la estación por el sitio justo, que siempre es la Rue Grimaldi, e ir hasta la Avenue d’Ostende, desde la que cualquier ruta es fácil, si bien recomiendo ascenderla e ir hacia el Casino de Montecarlo porque siempre es el mejor punto de partida al ser un icono alejado del resto que sirve como Kilómetro cero hacia los demás.
Mónaco legalizó el juego en 1854 y necesitaba un edificio de postín para atraer a buscadores de fortuna que quisieran combinar la osadía con el prestigio de ganar dinero en un marco de veras incomparable, como lo fue el casino desde 1878, cuando Charles Garnier, autor de la Ópera de París, le confirió su actual aspecto. Este templo mundial de la apuesta, inmortalizado por Stefan Zweig en la novela 24 horas en la vida de una mujer (1924), ha proporcionado ingentes dividendos a la familia Grimaldi, si bien en nuestro siglo su facturación no es decisiva para las finanzas del Principado.
Desde el casino, con una plaza dispuesta para transitar entre el lujo y la egolatría contemporánea del selfi, lo mejor es volver a la Avenue d’Ostende, parándonos en cualquiera de sus pequeños miradores para aprehender mejor por dónde nos movemos sin marearnos por la enorme densidad de edificios entre imposibles rascacielos y hoteles de la Belle Époque afeados por estos excesos constructivos. Al final la vista se habitúa a los mismos porque cada sitio tiene su propia belleza, aunque aquí siempre es más hermoso mirar a la izquierda para admirar el Puerto de Hércules del barrio de La Condamine, que rodearemos para llegar al otro espectáculo que la vista nos ofrece en esta panorámica: Le Rocher, o la roca en las alturas donde se concentran los distintos poderes monegascos.

La encrucijada hacia esta meta se ubica, valga la redundancia, en el cruce de la Avenue d’Ostende con su paralela dedicada a John Fitzgerald Kennedy, que da paso al Quai dedicado a Alberto I, con comienzo y final capitalizado por dos estatuas que honran a leyendas del automovilismo. La primera es de William Grover, mientras la segunda, ya en las estribaciones de las escaleras hacia Le Rocher, es un homenaje al campeonísimo argentino de la especialidad Juan Manuel Fangio, quien cosechó dos victorias en el Gran Premio más famoso del circo de la F1.

Desde esta estatua, una de las más fotografiadas de nuestro recorrido, disponemos de un pequeño abanico de opciones para escalar hacia la roca, aunque mi consejo es ir por las avenidas du Port y de la Porte Neuve para no repetir nuestros pasos y no aburrirnos cuando regresemos de esta expedición, que tiene como cumbre el Palacio Principesco en su homónima plaza, donde cada día, a las 11.55 en punto, se produce el muy vitoreado cambio de guardia de los Carabineros del Príncipe.

La primera piedra de la residencia real se puso a finales del siglo XIII, remodelándose hasta finales de la decimonovena centuria, cuando aún se rodeaba de una rica vegetación en los alrededores, poco a poco rebajada sin desaparecer del todo pese al crecimiento de estos aledaños, que en nuestra época mezclan lo esencial de cualquier centro urbano con un apabullante número de tiendas dedicadas a vender baratijas y souvenirs. Lo mejor, como sospecharán, es parar poquito en esos negocios y, aquí sí, caracolear por las callecitas sin temor a descarriarse porque todo queda cerca, de los miradores a la catedral, construida en 1875 y firmada por el arquitecto Charles Lenormand, con una blanquísima fachada que oculta un rico interior dividido en tres naves, a rebosar de obras de arte, muchas de ellas provenientes del anterior templo, demolido como preludio a su completa renovación de estilo neorromántico.

De la catedral —lugar de entierro del príncipe Rainiero III y la princesa Grace— al último hito de este pequeñísimo país median menos de 300 metros. Se trata del Museo Oceanográfico, impulsado por el príncipe Alberto I, cuya fama de gran navegante se simboliza por este legado, abierto al público en marzo de 1910 y dirigido a partir de 1957 (y durante más de 30 años), en coincidencia con el auge turístico, por el comandante Jacques-Yves Cousteau, fundamental para armar el aparato pedagógico de la institución, muy en consonancia con el transmitido en sus documentales televisivos que tanta popularidad le dieron durante la segunda mitad del siglo pasado.
Mónaco no encierra muchas dificultades para el visitante y puede saborearse al detalle en pocas horas con la virtud añadida de conseguir que muchos se sientan menos dependientes de la tecnología por esa carambola de no poder usar los datos del móvil como en la Unión Europea. Ahora que terminamos les confesaré que claro, seguro encuentran alguna red wifi disponible brindada por las autoridades, pero créanme, si prescinden de teclear su contraseña ganarán tiempo y el privilegio de poder andar con el cuerpo bien erguido y los ojos fijos en el horizonte, algo que, por desgracia, cada vez es menos habitual en cualquier latitud del planeta.
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