‘Altas capacidades’: Una comedia con clase sobre los límites dramáticos del clasismo (****)

<p>Decía Mack Sennett que una comedia es cuando alguien se cae en una zanja y se mata. Drama es cuando te sale un padrastro. Y no lejos, Rafael Azcona, el mismo del que se cumplen 100 de su llegada al mundo y al cine, se mostraba convencido de que una película en la que los personajes no salen comiendo no vale la pena. Por poco creíble quizá. <i>Altas capacidades, </i>de Víctor García León, es película y es zanja. Y la gente que se cae en ella (Marián Álvarez, Israel Elejalde y Juan Diego Botto en su mejor versión) poco antes han aparecido comiendo exactamente igual que, en efecto, cualquiera de nosotros. <strong>Y por ello, aplicando la regla del mayor creador de gags de la historia del cine mundial combinada con la del mejor guionista de la historia del cine español, es comedia y, además, vale la pena.</strong> Y de qué manera.</p>

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 Víctor García León, de la mano de un inspiradísimo reparto encabezado por Marián Álvarez, Israel Elejalde y Juan Diego Botto, lleva la parodia al límite exacto de lo soportable sobre el fracaso colectivo de la educación  

Decía Mack Sennett que una comedia es cuando alguien se cae en una zanja y se mata. Drama es cuando te sale un padrastro. Y no lejos, Rafael Azcona, el mismo del que se cumplen 100 de su llegada al mundo y al cine, se mostraba convencido de que una película en la que los personajes no salen comiendo no vale la pena. Por poco creíble quizá. Altas capacidades, de Víctor García León, es película y es zanja. Y la gente que se cae en ella (Marián Álvarez, Israel Elejalde y Juan Diego Botto en su mejor versión) poco antes han aparecido comiendo exactamente igual que, en efecto, cualquiera de nosotros. Y por ello, aplicando la regla del mayor creador de gags de la historia del cine mundial combinada con la del mejor guionista de la historia del cine español, es comedia y, además, vale la pena. Y de qué manera.

Altas capacidades es uno de esos raros acontecimientos que, por su brillantez, osadía, claridad y mala leche (todo junto), de tanto en tanto obligan a replantearse el mundo. Las preguntas que surgen nada más ver las industrias y andanzas de una pareja empeñada en hipotecarse hasta las cejas para que su hijo no especialmente dotado entre en un exclusivo y carísimo colegio privado son varias: ¿qué clases de padres somos que hemos convertido la búsqueda de colegio en el atajo que jamás imaginó Darwin en su teoría de la selección natural? ¿qué clase de sociedad somos que hemos convertido la buena educación en un lujo? ¿qué clase de mundo estamos dejando a los que vendrán si a éstos, pobres, les da por ser precisamente pobres? Y así. Y una más: en la lista de los mejores colegios que habitualmente publican los periódicos ¿se ha decido ya a quién se matricula en los que salen los últimos?

La película, para situarnos, cuenta la historia de dos padres bienintencionados y de clase media (es decir, de clase baja, aunque se nieguen a reconocerlo) que un buen día ven la oportunidad de matricular a su hijo en un centro solo apto para las élites (entiéndase, ricos). El colegio es laico por aquello de no abrir más melones de los digeribles, pero privadísimo. De repente, descubren la posibilidad de asuntos tales como nuevas amistades más ricas, el acceso a una clase social más rica y la posibilidad de dar a su hijo una vida no necesariamente mejor, pero sí más obscena. Por supuesto, todo lo hacen por su criatura, que no por la riqueza. O quizá no. Tal vez, el juego, perverso por supuesto, consista en dejar al descubierto las excusas y autoexcusas de las que echamos mano para, una vez más, justificar lo injustificable.

Altas capacidades provoca la carcajada con la misma facilidad que la congela. Según el grado de paternidad de cada uno, se puede interpretar como la mayor de las tragedias, el más vergonzoso de los espejos o la más hilarante de las parodias. De hecho, casi siempre, y ahí su mayor virtud, es todo a la vez. Como ya demostrara en la primeriza Vete de mí o en el triple salto mortal que fue Selfie, García León, con la ayuda inestimable de Borja Cobeaga al guion, vuelve a demostrar que pocos directores tan dotados para transformar la más ríspida y desagradable de las amarguras en una muy comestible zanja; en pura, dura y muy negra farsa.

Así las cosas, lo que queda es una comedia, decíamos, con el aspecto y las maneras del más tremendo de los dramas. O al revés. Altas capacidades es cine social, pero protagonizado por seres tremendamente egoístas. Es película de terror, pero no tanto por siniestra como por diestra. Cada una de las escenas avanza por la pantalla consciente de que lo que tiene delante es un muro infranqueable que tiene que ver con el más evidente y contumaz de los fracasos, de los fracasos colectivos. Si ya hemos convertido la sanidad en un negocio más, ¿por qué no hacer lo mismo con la educación? Si ya hemos renunciado a una sociedad justa e igualitaria, ¿por qué no transformar los colegios en laboratorios de segregación? Y así. Y no se detiene. Hasta el más tremendo cataclismo si es preciso. Como caerse en la más honda de las zanjas. Definitivamente, la más graciosa de las películas sobre los límites de la puta gracia.

Dirección: Víctor García León. Intérpretes: Marián Álvarez, Israel Elejalde, Juan Diego Botto. Duración: 101 minutos. Nacionalidad: España.

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