‘Proyecto salvación’: Una brillante, boba y feliz odisea en el espacio (***)

<p>Un extraterrestre, lo sabía muy bien Stanislaw Lem, es antes que un triste alienígena de ojos grandes (que también), un deseo. Imaginamos en él todo aquello de lo que hemos sido incapaces. Es, si se quiere, un pensamiento negativo, una pesadilla, un mal sueño o, simplemente, un deseo incumplido. El autor de <i>Solaris </i>insistía, y a ello dedicó una vida entera, en que, si existieran seres de otros mundos no sabríamos cómo comunicarnos con ellos (no nos enteraríamos, pues) o, dado nuestro potencial para la brutalidad, nos destruirían (nuestra amistad no duraría mucho). <strong>Nadie busca otros mundos si no es para arrasarlos, expoliarlos o colonizarlos.</strong> De eso sabemos bastante y, por si hubiera alguna duda, H.G Wells nos confeccionó una bonita metáfora en <i>La guerra de los mundos.</i> Y así hasta que conocimos a <i>E.T.</i> y su subyugante caída de párpados. Desde entonces, el cine nos ha devuelto la posibilidad que tan bien trabajada tiene desde sus inicios del autoengaño. Ya que la realidad apesta, confiemos en la poesía (o en la Warner Brothers) para dar un poco de aroma a todo esto. Y aquí, justo aquí, <i><strong>Proyecto salvación, </strong></i><strong>la película de los (casi) siempre ocurrentes Phil Lord y Christopher Miller, que devuelven a las pantallas la posibilidad del entretenimiento, del escapismo y de dos huevos duros.</strong></p>

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 Los directores de La Lego película confeccionan un derroche de cine épico tan entretenido como disfrutable de la mano de un E.T. surrealista y el carisma de un Ryan Gosling en estado de gracia  

Un extraterrestre, lo sabía muy bien Stanislaw Lem, es antes que un triste alienígena de ojos grandes (que también), un deseo. Imaginamos en él todo aquello de lo que hemos sido incapaces. Es, si se quiere, un pensamiento negativo, una pesadilla, un mal sueño o, simplemente, un deseo incumplido. El autor de Solaris insistía, y a ello dedicó una vida entera, en que, si existieran seres de otros mundos no sabríamos cómo comunicarnos con ellos (no nos enteraríamos, pues) o, dado nuestro potencial para la brutalidad, nos destruirían (nuestra amistad no duraría mucho). Nadie busca otros mundos si no es para arrasarlos, expoliarlos o colonizarlos. De eso sabemos bastante y, por si hubiera alguna duda, H.G Wells nos confeccionó una bonita metáfora en La guerra de los mundos. Y así hasta que conocimos a E.T. y su subyugante caída de párpados. Desde entonces, el cine nos ha devuelto la posibilidad que tan bien trabajada tiene desde sus inicios del autoengaño. Ya que la realidad apesta, confiemos en la poesía (o en la Warner Brothers) para dar un poco de aroma a todo esto. Y aquí, justo aquí, Proyecto salvación, la película de los (casi) siempre ocurrentes Phil Lord y Christopher Miller, que devuelven a las pantallas la posibilidad del entretenimiento, del escapismo y de dos huevos duros.

Básicamente, la película recupera las fábulas más optimistas asociadas generalmente un mundo en expansión. Siempre que nos sentimos con el ánimo bien dispuesto, la ciencia ficción se encarga de seguir la ola. Ocurrió en los 60 con la saga Star Trek y más tarde en los 80 con la citada E.T. o con Enemigo mío, por ejemplo. Se acabaron los malos rollos de la Guerra Fría y sus escalofriantes Ultimátum a la Tierra o La invasión de los ladrones de cuerpos. Lo raro es que, en un mundo, el nuestro, que se derrumba víctima de la amargura, el resentimiento y la estupidez, Lord y Miller propongan la posibilidad de asuntos tales como la solidaridad, el entendimiento, el sacrificio o, atentos, la esperanza. Hace falta ser woke, por dios. Y en su rareza, que tiene algo de tontuna, no queda otra que colocarse de su lado. Y sin remedio.

Proyecto salvación cuenta la historia de un hombre (Ryan Gosling) solo en mitad del espacio y a años luz de la Tierra. Un buen día se despierta de su sueño ingrávido y perfecto y es incapaz de entender que hace ahí y por qué. Y así hasta que, poco a poco, descubre que el único sentido de su vida es dar con la forma de detener el poder corrosivo de una sustancia que está a punto de apagar el sol y, de paso, acabar con todo rastro de vida en esa Tierra de la que se encuentra tan lejos. Lo que no podía imaginar ni él ni los que le enviaron a semejante misión suicida es que no está solo y que su problema es, además, el problema de otros. Suele ocurrir.

Lord y Miller (los padres de esa maravilla que se llamó La Lego película) utilizan el carisma descomunal de su protagonista para caer uno a uno en todos los tópicos del sentimentalismo espacial (llamémoslo así) que patentara Spielberg. Lo hacen, eso sí, con un sentido del humor contagioso, sin el más mínimo miedo al ridículo y con una idea de la coherencia narrativa algo discutible. Y de esta forma, confeccionan un raro artefacto que sin ser (ni pretenderlo) original, concita en el patio de butacas una rara unanimidad con el aspecto y prestancia de una sonrisa abierta de par en par. Todo se antoja tan irresistiblemente bobo como irrenunciable. Y, por favor, no se pierdan el final (nos referimos al final que viene después del final). Nadie nunca se atrevió a llevar la ciencia ficción a un nivel tan alto de tontunez. Pero qué gozada.

Directores: Phil Lord y Christopher Miller. Intérpretes: Ryan Gosling, Sandra Hüller, Milana Vayntrub. Duración: 156 minutos. Nacionalidad: Estados Unidos.

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