Los caballeros las prefieren más bajas

<p>No nos engañemos. Los caballeros las prefieren más bajas y ellas, más altos. Aunque el hombre haya inventado el datáfono y la <i>airfryer</i>, en las relaciones erótico-afectivas sigue persistiendo el llamado mal de alturas. Nos quedamos sin oxígeno si nuestro posible <i>partenaire</i> no cumple los requisitos de la pareja canónica, y nosotras, oigan ustedes y qué casualidad, siempre por debajo. <strong>En el amor seguimos calculando poder con la cinta métrica bajo el brazo.</strong></p>

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 Pese a las sucesivas deconstrucciones del hombre heterosexual y el carro del feminismo empujando, la preferencia permanece. Nadie quiere ser Tom Cruise y Nicole Kidman en el 99 y escuchar las risitas  

No nos engañemos. Los caballeros las prefieren más bajas y ellas, más altos. Aunque el hombre haya inventado el datáfono y la airfryer, en las relaciones erótico-afectivas sigue persistiendo el llamado mal de alturas. Nos quedamos sin oxígeno si nuestro posible partenaire no cumple los requisitos de la pareja canónica, y nosotras, oigan ustedes y qué casualidad, siempre por debajo. En el amor seguimos calculando poder con la cinta métrica bajo el brazo.

Y este es un asunto resbaladizo. En una sociedad progresista donde el mundo avanza rápido a través del flujo tecnológico, la biología dejó de ser determinante hace mucho tiempo a favor de capas socioculturales. Aún no conozco a ningún mono que haga paellas, pero sí a un montón de cuñados de urbanización. Pese a las sucesivas deconstrucciones del hombre heterosexual y el carro del feminismo empujando, la preferencia permanece. A muchos les agrada colocar a su lado una porcelana en miniatura. Nadie quiere ser Tom Cruise y Nicole Kidman en el 99 y escuchar las risitas detrás del photocall.

Es necesario señalar, por muy evidente que parezca, que detrás de estas elecciones hay toda una casuística vinculada a las estructuras de poder. La asimetría en centímetros ha sido una forma silenciosa de jerarquía. Los hombres suelen optar por mujeres de menor tamaño, manejables como una mochila Quechua, y así encajar en un imaginario colectivo donde la desproporción sigue siendo tranquilizadora para todos.

Y a nosotras, desde niñas, nos han enseñado que infantilizarnos es un activo importantísimo en la seducción. Las braguitas con lacitos. Los vestiditos babydoll. Empequeñecernos hasta convertirnos en un llavero en la mano de King Kong. Sentirnos protegidas en el útero de una montaña.

Lo sé porque yo misma he jugado a eso. Hubo un tiempo de flirteo en redes, risitas y emoticonos temblando en la pantalla. En esos primeros intercambios rápidos de información, la altura era un dato esencial para filtrar a los candidatos correctos. Los que no superaban mis 1,74 m se precipitaban al vacío por la wifi. Se sentían tan incómodos como yo, y el juego quedaba en tablas.

Por eso resulta liberador observar cómo la generación Z derriba poco a poco algunos de estos estigmas tan correosos. Y Zendaya, reina de todos ellos, invierte la gramática construida, sin necesidad de corregir una escala ridícula. Recientemente casada con otro Tom (Holland), y exhibiendo su amor de gacela esbelta por la alfombra roja en premios y estrenos a bordo de sus tacones, formando una power couple que convierte mágicamente la diferencia en algo irrelevante. Y sin saberlo y de manera disruptiva, lo hace por todas las demás.

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