¡La novia!: Monstruosamente desordenada, monstruosamente feliz, monstruosamente Jessie Buckley

<p><strong>Jessie Buckley va camino de convertirse en un género en sí misma.</strong> Es actriz, es Agnes (por <i>Hamnet</i>) y, ahora, es Ida, Penélope o simplemente la novia, la novia de Frankenstein. Pero, sobre todo, es un animal de voz nasal, colmillos bien alienados y sonrisa ladeada que devora pantallas. Su dieta solo admite alimentos en crudo con el centro del bocado empapado en sangre. Aparece ella y todo lo que se encuentra a su alrededor sufre un ligero desenfoque: la comedia adquiere la acidez de la tragedia, el drama se deshace hasta el patetismo (o el misterio incluso) y la tensión vibra como vibran la emoción, la sorpresa o el miedo. Jessie Buckley no es solo la protagonista de la nueva y muy sorprendente —para lo bueno, lo malo y todo lo contrario— película de Maggie Gyllenhaal, también es su víctima, la ofrenda entregada en sacrificio a una alocada, desordenada y muy feliz celebración del desconcierto. <strong>Jessie Buckley, en efecto, es la novia, o </strong><i><strong>¡La novia!</strong></i><strong> (como dice el título), o, sencillamente, el caos.</strong></p>

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 Maggie Gyllenhaal reescribe sin pudor el clásico de terror ‘camp’ desde el más absoluto caos: a nada renuncia y a todo se atreve sin temor a romperse la cabeza (como ocurre) más de una vez  

Jessie Buckley va camino de convertirse en un género en sí misma. Es actriz, es Agnes (por Hamnet) y, ahora, es Ida, Penélope o simplemente la novia, la novia de Frankenstein. Pero, sobre todo, es un animal de voz nasal, colmillos bien alienados y sonrisa ladeada que devora pantallas. Su dieta solo admite alimentos en crudo con el centro del bocado empapado en sangre. Aparece ella y todo lo que se encuentra a su alrededor sufre un ligero desenfoque: la comedia adquiere la acidez de la tragedia, el drama se deshace hasta el patetismo (o el misterio incluso) y la tensión vibra como vibran la emoción, la sorpresa o el miedo. Jessie Buckley no es solo la protagonista de la nueva y muy sorprendente —para lo bueno, lo malo y todo lo contrario— película de Maggie Gyllenhaal, también es su víctima, la ofrenda entregada en sacrificio a una alocada, desordenada y muy feliz celebración del desconcierto. Jessie Buckley, en efecto, es la novia, o ¡La novia! (como dice el título), o, sencillamente, el caos.

Sobre el monumento de aire camp que igual llama al horror que al patetismo firmado por James Whale en 1935, la que debutara como directora con La hija oscura propone ahora un desmelenado tour de force (que dicen los franceses forzudos) tan ambicioso como, si se quiere, inconsciente. La idea no es tanto reescribir o adaptar nada como directamente profanar la tumba sagrada de eso que los manuales estériles llaman Historia del cine. Desde el primer al último fotograma, libre de prejuicios, la película se propone jugar el límite de su propia existencia y de su desbocada arrogancia. Los adjetivos ‘desordenada’ o ‘caótica’ se antojan escasos para una propuesta que por momentos es comedia musical, a ratos melodrama desbocado y romántico, cuando quiere liturgia de metacine a la que son convocados desde un émulo de Fred Astaire a la propia Mary Shelley, en ocasiones parodia de cine gánsteres (y de terror, claro), y al final, también, manifiesto feminista. Todo se lo permite, a todo se arriesga y de todo sale con heridas, pero siempre desde una concepción de cine esencialmente feliz, feliz en su capacidad para crear imágenes, agitar cuerpos y destruir iconos. Por lo demás, ya se ha dicho, que la oficiante de esta bacanal sea Jessie Buckley es lo esencial.

¡La novia! cuenta la improbable historia de amor de dos muertos. No son zombis, son resucitados, que, aunque parecido, no es lo mismo. El primero, el hombre, el más conocido de la pareja, vaga por la noche de los tiempos desde que fuera entregado a la más cruel de las vidas en la soledad más absoluta. Y así hasta que aventura un plan. Con la inestimable ayuda de la doctora a la que encarna Annette Bening, el Frankenstein al que anima un desmedido Christian Bale con gesto de bufón sueña con despertar de la oscuridad a una pareja mujer. Se sobreentiende, pues, que la criatura de marras es heterosexual. Cuando esto ocurra, uno y otra se darán de bruces con una vida esencialmente injusta, cruel y, quién lo iba a decir, nada deseable; nada deseable para nadie en general y para dos monstruos, eso son, mucho menos. Si a eso se suma que son pobres, algo feos y uno de los dos mujer, los inconvenientes crecen.

Lo que sigue es lo que siempre sigue en la primera historia de ciencia ficción de la literatura en sentido riguroso; es decir, una persecución. O, mejor, varias. La humanidad entera detrás de los monstruos y los monstruos detrás de, precisamente, su humanidad perdida, que también es su amor, su amor por fuerza eterno. Pero como sea que se trata de ella, de la novia, ahora la búsqueda tiene que ver también con su condición de mujer explotada en un mundo de, en efecto, hombres. Hombres mafiosos, hombres policías, hombres abusadores y hombres detectives. Pasan más cosas y por pasar, pasa hasta una elegante y majestuosa (como siempre) Penélope Cruz en la piel de la más lista, sagaz y empática de las investigadoras. De hecho, y desde el primer segundo, no para de pasar de todo en lo que es y quiere ser una bufonada con alma de pastiche para desconsuelo de la gente de bien. Lo único que sí da grima, por decirlo todo, es esa referencia buscada o similitud nada accidental con Joker. Se le perdona, pero no gusta.

Y en medio, ya se dicho Jessie Buckley, una actriz que, en verdad, es ya un género cinematográfico.

Dirección: Maggie Gyllenhaal. Intérpretes: Jessie Buckley, Christian Bale, Peter Sarsgaard, Penélope Cruz. Duración: 126 minutos. Nacionalidad: Estados Unidos.

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