<p>Uno intuye en <i><strong>Cuando nadie me ve</strong></i> (Movistar+, 2026) que <strong>Alejandro Sanz ha encontrado, por fin, el reposo del héroe</strong> tras su particular odisea: el chaval de barrio arrojado al éxito como ídolo carpetero, la validación de la crítica tras muchas batallas como músico y compositor, y el peaje de una bajada a los infiernos, toxicidades incluidas, hasta alcanzar un nirvana ascético en la siempre pintoresca Miami.</p>
Los ricos no necesitan guardar las sartenes en el horno ni la tabla de planchar en la habitación del pánico. Alejandro vive con pocas cosas, pero cuidadosamente escogidas
Uno intuye en Cuando nadie me ve (Movistar+, 2026) que Alejandro Sanz ha encontrado, por fin, el reposo del héroe tras su particular odisea: el chaval de barrio arrojado al éxito como ídolo carpetero, la validación de la crítica tras muchas batallas como músico y compositor, y el peaje de una bajada a los infiernos, toxicidades incluidas, hasta alcanzar un nirvana ascético en la siempre pintoresca Miami.
Desde los primeros planos ralentizados vemos a un Alejandro cuyo karma fluye en las pulcras estancias de su residencia: observando la llovizna a través de una cristalera o recogiendo un fruto del jardín. Todo muy back to basics: el viaje definitivo a la esencia del artista. La puesta en escena: un Buda que todo lo ve apuntalado en una esquina. Pocas plantas, pero gigantes, estratégicamente colocadas. Un dormitorio tamaño king size, sin cuadros ni figuritas de Lladró, tan solo una cama enorme y una novia que tiro porque me toca. Todo aquí es grande, ande o no ande. Eso sí, los Grammys se cuelan como chinches en la imagen cada dos por tres.
Alejandro vive con pocas cosas, pero cuidadosamente escogidas. Una elección consciente, muy mindfulness, que apaga el ruido visual dejando fuera del encuadre lo accesorio. Olvidaos de aquellas mansiones americanas repletas de lujos y barroquismos o, en España, de la sobreabundancia de brocados en el último casoplón de la pobre María Teresa Campos, que en paz descanse.
Como explica Kyle Chayka en Desear menos. Viviendo con el minimalismo (GatoPardo Ediciones), este desprendimiento material de las clases pudientes no es solo una tendencia estética, sino un síntoma cultural más profundo. Vivimos ahogados en el capitalismo digital -y en el otro-, sobreestimulados por el exceso de oferta, y por eso las casas se vacían, creando espacios desnudos e impersonales donde todo empieza a parecer lo mismo, da igual si estás en Marte o en Villaespesa.
Los ricos no necesitan guardar las sartenes en el horno ni la tabla de planchar en la habitación del pánico. Tal vez Alejandro disponga de un búnker secreto donde almacenar todo ese exceso material. Como mostraba Céline Dion, diva de garganta profunda, en su documental Soy Céline Dion (Prime Video), con un hangar dedicado a apilar sus objetos acumulados, como si fuese Randolph Hearst enjaulada en Xanadú.
Y es que ellos ya no necesitan cosas porque lo tienen todo. ¿Y qué hacemos nosotros, pobres mortales? Nos entregamos a ellas porque no tenemos nada. En nuestras minúsculas viviendas, espachurrados entre capas de gotelé y cachivaches, nos distanciamos de nosotros mismos, tristemente, con el alma (y el culo) al aire*.
* El alma al aire, disco de Alejandro Sanz lanzado en el año 2000.
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