La culpa, el deseo y la renuncia de Tristán e Isolde en el Liceu

<p>Hay historias que no envejecen porque no prometen soluciones. <i><strong>Tristan und Isolde</strong></i> es una de ellas<strong>. Wagner </strong>no escribió una ópera sobre el amor como refugio, sino sobre el amor como conflicto: <strong>deseo, espera, renuncia, culpa, responsabilidad, remordimiento, duda, miedo</strong>. «Todos sentimientos muy humanos, que todos sentimos», señala Bárbara Lluch, directora de escena de la nueva producción del <a href=»https://www.elmundo.es/la-lectura/2026/01/04/69526b1be9cf4ac84c8b4592.html» target=»_blank»><strong>Gran Teatro del Liceu que se estrenó el pasado 12 de enero.</strong></a>La diferencia es que aquí llegan «acompañados por una música cósmica y hablando en poemas wagnerianos».</p>

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 La nueva producción aterriza con la dirección de escena de Bárbara Lluch en un estreno que ha llegado al coliseo catalán este enero  

Hay historias que no envejecen porque no prometen soluciones. Tristan und Isolde es una de ellas. Wagner no escribió una ópera sobre el amor como refugio, sino sobre el amor como conflicto: deseo, espera, renuncia, culpa, responsabilidad, remordimiento, duda, miedo. «Todos sentimientos muy humanos, que todos sentimos», señala Bárbara Lluch, directora de escena de la nueva producción del Gran Teatro del Liceu que se estrenó el pasado 12 de enero.La diferencia es que aquí llegan «acompañados por una música cósmica y hablando en poemas wagnerianos».

La propuesta parte de una idea clara: que estos personajes quiméricos no se queden en el pedestal. «Me gustaría que a través de estos personajes mitológicos nos reconociéramos a nosotros mismos», explica la directora. No se trata de actualizar la ópera a base de guiños contemporáneos, sino de asumir que, pese a la distancia histórica, seguimos entendiendo perfectamente lo que les ocurre.

No es casual que la vigencia de la obra resulte casi obvia. «Los buenos libretos son universales y atemporales», recuerda Lluch. Aunque los personajes existan desde antes del siglo XII, «los sentimientos son los mismos de hoy. Y son reconocibles». Wagner no necesita traducción emocional.

Uno de los mayores riesgos de Tristan und Isolde , tal y como señala Lluch, es intentar superar a la música, aventurarse a ganarle el pulso. En esta producción la escena ha optado por acompañarla. «Es imposible competir con la música», afirma Lluch, que explica que han trabajado la obra «como si fuese teatro». El libreto, dice, es «increíblemente complejo y profundo», y el objetivo ha sido claro: «crear una plataforma para poder disfrutarla al máximo sin entorpecer ni la belleza de la música ni la del texto».

El montaje se sostiene sobre dos preguntas que funcionan como eje dramático: «¿Cómo es el mundo que construyen Tristán e Isolda ignorando el mundo a su alrededor tras beber la poción?» y«¿En qué estado mental sube Isolde al barco y con qué propósito?«. Desde ahí se articula una lectura que no elige entre amor absoluto y huida del mundo. Porque «ambas son compatibles», afirma Lluch. Su amor, explica, «es imposible en esta realidad», y por eso no hay promesa de futuro: «Saben que hasta que no mueran, no se les permitirá estar juntos».

El tiempo suspendido de la obra, cuenta, ha sido otro de los grandes desafíos: «La narrativa no puede precipitarse». Si lo hace, el riesgo es llegar «al final del camino y todavía te queda media hora de escena». Ensayar este tempo exige sostener «una especie de gravedad» constante, una forma de trabajo distinta y exigente.

En una ópera tan larga, el espacio, la luz y el movimiento no están para lucirse. Desde el inicio, el objetivo ha sido no entorpecer ni para los cantantes ni para el público «el ‘viaje metafísico que supone esta obra maestra», explica Lluch. Escenografía y luz acompañan a la dramaturgia casi como cogiéndola de la mano.

El trabajo con los intérpretes ha sido esencial para Lluch. Habla de «una suerte increíble con los repartos» y de la necesidad de encontrar un equilibrio entre las exigencias del canto y la escena. «Hasta que hemos llegado a la sala de ensayos no he entendido algunas necesidades físicas para cantar el rol», reconoce, subrayando el respeto absoluto por lo que hacen estos artistas sobre el escenario.

Ese respeto atraviesa toda la propuesta. «El respeto por la obra es lo único importante», afirma Lluch, enumerando a Wagner, la música, el texto, los cantantes, la orquesta, el teatro y el público, y dejando «debajo de todo, mi minúsculo ego». Trabajar dentro de «una de las catedrales más bellas del mundo» implica, dice, asumir que nada debe romper su equilibrio.

Después del estreno, el deseo es sencillo y ambicioso a la vez: «que hayan disfrutado de una de las músicas más bellas jamás escritas, con uno de los mejores libretos», que se emocionen y salgan del teatro «con el corazón y el alma rebosando felicidad». Casi nada. Pero Tristán e Isolda nunca ha ido de pedir poco.

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