<p>Marina Abramovic (Belgrado, 1946) tiene algo de sacerdotisa. No solo por la elegancia de su porte, su pelo azabache larguísimo y un cutis milagroso a sus 79 años (incluso lanzó su propia línea de cosméticos, Longevity Method). La artista ha transitado -metafórica y literalmente- por el cielo y el infierno, ha visto desmoronarse dictaduras y se ha enfrentado al sufrimiento de un país que dejó de existir. «Después del funeral del mariscal Tito, en lugar de un país éramos seis… Eso marcó mi vida. Yo pertenezco al viejo país, a Yugoslavia», cuenta en el Gran Teatre del Liceu sobre<strong> su última obra, la inclasificable y monumental </strong><i><strong>Balkan Erotic Epic, </strong></i>que estrena este sábado y empieza precisamente con el funeral de Tito.</p>
La artista estrena la monumental ‘Balkan Erotic Epic’ en el Liceu: casi cuatro horas, no apta para menores de 18 y con fundas que impedirán el uso de teléfonos móviles. «Es una nueva forma de arte que no se había presentado nunca», admite
Marina Abramovic (Belgrado, 1946) tiene algo de sacerdotisa. No solo por la elegancia de su porte, su pelo azabache larguísimo y un cutis milagroso a sus 79 años (incluso lanzó su propia línea de cosméticos, Longevity Method). La artista ha transitado -metafórica y literalmente- por el cielo y el infierno, ha visto desmoronarse dictaduras y se ha enfrentado al sufrimiento de un país que dejó de existir. «Después del funeral del mariscal Tito, en lugar de un país éramos seis… Eso marcó mi vida. Yo pertenezco al viejo país, a Yugoslavia», cuenta en el Gran Teatre del Liceu sobre su última obra, la inclasificable y monumental Balkan Erotic Epic, que estrena este sábado y empieza precisamente con el funeral de Tito.
«Los balcánicos somos infelices cuando estamos en nuestro país, pero lo somos aún más cuando estamos fuera. Nunca hay paz en el alma. Así es como surgen todos los Dostoyevskis…», explica sobre su espíritu eslavo. Aunque en Barcelona confiesa que se siente «como si volviera a casa»: en 2023 agotó todas las entradas de Las siete muertes de Maria Callas y, diez años antes, ya había deslumbrado en el Teatro Real de Madrid con Vida y muerte de Marina Abramovic. «Me encanta España en general porque tiene mucho que ver con el drama y la pasión. Son emociones que también llevo dentro de mí, ya sabéis, la ex-Yugoslavia, el país que ya no existe», ha confesado esta mañana en la presentación del espectáculo «más ambicioso» de su carrera: una gran coproducción internacional que la llevará por todo el mundo hasta 2028. «Oh, Dios mío, Hong Kong… Espero que no nos metan en la cárcel. Hay una cantidad de desnudos…», suelta al recordar algunas de las paradas de su gira.
«Antiguamente, se usaban los genitales para explicar la naturaleza de la vida y cómo conectarse con el plano espiritual de nuestro planeta y las cosas que no entendemos»
No solo los desnudos… También una impactante escenografía -que incluye penes hiperrealistas de cinco metros- y rituales ancestrales representados de manera muy explícita. Para diseccionar su alma eslava Abramovic ha recuperado olvidados mitos, leyendas paganas y tradiciones folklóricas relacionadas con el erotismo. «Antiguamente, se usaban los genitales para explicar la naturaleza de la vida y cómo conectarse con el plano espiritual de nuestro planeta y las cosas que no entendemos», apunta la artista-sacerdotisa. Y pone un ejemplo del siglo XI: un ritual que practicaban las mujeres para asustar a los dioses y detener la lluvia, subiéndose las faldas y mostrando sus vaginas. Abramovic reproduce esa «adoración» en escena. «Algunos medios anglosajones hablan de las vaginas como si fueran armas. Cuando es algo tan primordial, tan puro. Es como mostrar El origen del mundo [el cuadro de Courbet]», critica. Pero consiguió llevar a cabo todos los rituales.
«Al principio me preguntaba: ‘¿Cómo podemos hacer algo que todo el mundo me decía que era imposible?’ Porque hay demasiados cuerpos desnudos y nuestra cultura inmediatamente lo etiqueta como pornografía. Ya no estamos acostumbrados a mirar la desnudez de manera poética, especialmente el cuerpo femenino», plantea Abramovic, que estrenó la versión más performática de la obra el 9 de octubre en los Aviva Studios de Manchester, una gran nave en la que el público podía moverse libremente entre 13 escenas simultáneas. «Era como una instalación artística», compara. Y aunque al principio quería limitarse a la dirección también interviene en algunas escenas.
Con un formato más teatral y 70 intérpretes, Balkan Erotic Epic tiene su puesta de largo en el Liceu con ciertas instrucciones y advertencias: dura casi cuatro horas, solo es apta para mayores de 18 años y no se podrán usar los teléfonos móviles; a la entrada, el público los depositará en una funda magnetizada que solo se abrirá a la salida (no se podrá usar el contactless en el bar, que permanecerá abierto durante toda la función). «No hay pausa de entreacto. Es una decisión un poco radical pero no queríamos romper la pieza. El público puede salir y entrar. No es una obra fácil pero sí una experiencia bastante única». Palabra de Abramovic.
¿Pero qué es Balkan Erotic Epic? Ni ópera, ni performance, ni danza. Y todo eso a la vez. Algo que solo Abramovic puede concebir: «Tenemos que admitir que la opera es un arte un poco pasado de moda. Apostar por este tipo de obra es revolucionario y muy valiente. Esto es una nueva forma de arte que no se había presentado nunca. Y estoy muy orgullosa porque estamos uniendo por primera vez danza, performance, música electrónica, drum & bass, animación, proyecciones de vídeo, ciertos elementos de escenografía… La combinación es una locura». Abramovic no tiende a la exageración. «Llevo 60 años haciendo performances y este año cumpliré 80, ya no necesito demostrar nada», dice.
En los 70 presentó sus acciones más duras y extremas. En Rhytm 0 (1974) dejó que el público usara 72 objetos sobre su cuerpo inmóvil, desde pétalos de rosa a cuchillas o una pistola (las fotos de una joven Marina de 28 años, sangrando y vejada, resultan escalofriantes); en Rhythm 5 (1974) se tumbó en medio de una estrella de fuego hasta casi asfixiarse por falta de oxígeno; en Rhythm 10 (1973) practicó la ‘ruleta rusa’ con un cuchillo (bueno, 20 diferentes) entre los espacios de sus dedos, infligiéndose varias heridas.
En la Bienal de Venecia de 1997, cuando recibió el León de Oro a mejor artista, presentó la impactante performance Balkan Baroque, casi un lejano prólogo de este Balkan Erotic Epic: Abramovic con un vestido blanco ensangrentado sobre una inmensa montaña de 1.500 huesos (eran de vaca) a los que iba arrancando los restos de carne mientras, al fondo, se proyectaba la imagen de sus padres. En una Yugoslavia en descomposición, la artista hablaba de la muerte, la destrucción, la violencia, las limpiezas étnicas…
Desde entonces la figura de su madre ha estado muy presente en su obra: ella misma la encarnaba en Vida y muerte de Marina Abramovic. Y ahora la convierte en un personaje principal. «Tuve una infancia muy difícil y una relación compleja con mi madre. Ella era una heroína nacional, con dos medallas. Una comunista muy estricta, imponía un control militar en casa. Nunca se rindió, ni a sus emociones. Nunca me besó, en toda mi vida», recuerda. Su particular reconciliación consiste en liberar a su madre (al personaje interpretado por Maria Stamenkovic) a través de la pasión y el sexo. «Al finl está desnuda, cantando sobre la mesa, completamente abandonada al sexo y a los sentimientos. La verdad es que ha sido muy terapéutico», confiesa. Porque Balkan Erotic Epic es su particular catarsis.
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