El día de la revelación: El mito inagotable de Steven Spielberg, pese a todo (****)

Spielberg no es Stanislaw Lem. Tampoco es muchas otras personas —ni siquiera el Spielberg de ahora es exactamente el de hace 40 años—, pero de forma radical no existe nadie tan esencialmente distinto al cineasta estadounidense como el escritor polaco autor de, entre otras obras mayores, Solaris y que dejó esta reflexión para la posteridad: «No necesitamos otros mundos. Necesitamos espejos. No sabríamos qué hacer con otros mundos». Spielberg lleva toda una vida (confesión suya), desde que cumplió cinco años exactamente, interesado en los OVNIS, en los contactos extraterrestres y está convencido de que la célebre paradoja de Fermi (Si, como queda comprobado, hay tantas posibilidades de vida fuera de nuestro planeta, ¿por qué seguimos sin saber nada de nuestros vecinos?) está ya casi a punto (pero casi casi) de no ser más que un malentendido solucionable con un abrazo intergaláctico. Y para que quede clara su postura profundamente humanista por cándidamente a favor de los extraterrestres y sus otros mundos, primero fue Encuentros en la tercera fase, luego ET, más tarde se tomó unas vacaciones de tanto optimismo con La guerra de los mundos y, por último, El día de la revelación, la definitiva, pese a sus derivas entre místicas y solo extrañas.

 El director regresa al mito conspiranoico de Encuentros en la tercera fase y completa una suerte de vademécum eléctrico y algo extraño de su cine intergaláctico tan esperanzado con el futuro de la humanidad (y del cine) como irresistiblemente spielbergiano  

Spielberg no es Stanislaw Lem. Tampoco es muchas otras personas —ni siquiera el Spielberg de ahora es exactamente el de hace 40 años—, pero de forma radical no existe nadie tan esencialmente distinto al cineasta estadounidense como el escritor polaco autor de, entre otras obras mayores, Solaris y que dejó esta reflexión para la posteridad: «No necesitamos otros mundos. Necesitamos espejos. No sabríamos qué hacer con otros mundos». Spielberg lleva toda una vida (confesión suya), desde que cumplió cinco años exactamente, interesado en los OVNIS, en los contactos extraterrestres y está convencido de que la célebre paradoja de Fermi (Si, como queda comprobado, hay tantas posibilidades de vida fuera de nuestro planeta, ¿por qué seguimos sin saber nada de nuestros vecinos?) está ya casi a punto (pero casi casi) de no ser más que un malentendido solucionable con un abrazo intergaláctico. Y para que quede clara su postura profundamente humanista por cándidamente a favor de los extraterrestres y sus otros mundos, primero fue Encuentros en la tercera fase, luego ET, más tarde se tomó unas vacaciones de tanto optimismo con La guerra de los mundos y, por último, El día de la revelación, la definitiva, pese a sus derivas entre místicas y solo extrañas.

La película que hace la número 37 de su filmografía se puede leer como un resumen perfecto de su concepción del cine en su vertiente más entusiasta, adictiva y popular. Y como tal funciona en fondo y forma. La cinta protagonizada mano a mano con solvencia y mucho cariño por Josh O’Connor y Emily Blunt coloca al primero en el papel de ritual héroe obsesivo y esencialmente bueno que antes que él hicieran suyo actores como Roy Scheider, Richard Dreyfuss, Harrison Ford o Tom Hanks (O’Connor es menos machirulo que todos ellos), y a la segunda (soberbia) como esas mujeres que han surgido en la última parte de su su cine al lado de la Meryl Streep de Los archivos del Pentágono o Michelle Williams en Los Fabelman. Uno y otra, u una y otro, mejor, aparecen en la pantalla deslumbrantes y perfectos (y muy divertidos) como los representantes o portavoces de unos espectadores que ven en ellos la versión mejorada de lo que cualquiera de nosotros siempre quisimos ser: sensibles, amables, inteligentes, pugnaces y buenos en el mejor sentido de la palabra bueno. Pocos directores entienden tan bien el poder de la sala de cine para capturar las más secretas y, sin embargo, comunes ambiciones del patio de butacas.

El día de la revelación habla, ya se ha dicho, de la posibilidad del contacto en el Monte del Diablo o donde sea. Pero más allá de lo obvio, su centro de atención es la pelea por dar o no a conocer (revelar, por tanto) la ingente información acumulada sobre los distintos encuentros que en la historia de la humanidad ya han sido. Así, de un lado se encontrarían los que confían en la necesidad de que todo salga a la luz y, del otro, los que temen que demasiada luz ciegue más que ilumine. Como en Los archivos del Pentágono, pero sin el Washington Post de por medio. Digamos que los ejes de coordenadas de Spielberg dan poca opción al desamparo, la confusión o incluso la ironía.

Con este punto de partida, y prácticamente desde la muy impresionante primera imagen de la primera secuencia, toda la película se entrega, a un ritmo entre desopilante (que no solo trepidante) y desquiciado, a correr con esa magistral coreografía de las escenas de acción de la que solo es capaz el director. Atentos a la secuencia del tren. Mientras, en una trama en paralelo entre el misterio y el desconcierto, un tipo extraño y muy sabio (Colman Domingo) construye el escenario de una casa. Sí, no es una casa, en un trampantojo que representa un hogar. Y mientras, un villano (que en verdad no es tal y al que da vida Colin Firth) ensaya merced a la tecnología de otros mundos una suerte de viajes extracorpóreos en una persecución incesante que tanto recuerda a las de Indiana Jones. Y mientras, un John Williams épico. Y mientras, la versión más bizarra, desinhibida y, por momentos, desconcertante del director en mucho tiempo. Y mientras, la emoción, la emoción de un Spielberg empeñado de un tiempo a esta parte en redactar su particular testamento vital. Si Los Fabelman contaban el camino hacia el cine del autor, ésta se atreve a narrar el por qué de su insistencia y, apurando, de su eternidad. Así de ambicioso. Y raro incluso.

La película se disfruta toda ella como un suspiro, como un acontecimiento, como una celebración del cine por el cine, del optimismo frente a los agoreros, de la esperanza contra los cínicos y del humanismo en su versión menos comprometida y antivoltairiana incluso. Se antojan discutibles, eso sí, las escenas más conflictivas o, por decirlo de algún modo, metafísicas (no diremos cuáles exactamente por aquello de no avanzar expectativas). Y la candidez con la que son tratados los medios de comunicación es más propia de un hombre del siglo pasado (que, en definitiva, es lo que es Spielberg y lo que somos muchos de nosotros), de cuando era posible que la verdad pareciera de verdad y una mentira simplemente ofendía. Eso que se ve en la película ya no pasa. Digamos que, de los dos finales superpuestos, uno de ellos brilla en su atrevida y casi gamberra inocencia y el otro descorazona en su ingenuidad abrasiva. Pero hasta esto es marca de la casa. Por apurar la crítica, y ya fuera de la película en su sentido estricto, no queda claro si es o no materia de polémica que la película coincida con el nuevo furor con aspecto de densa y estúpida cortina de humo con que ha vuelto la ufología a la agenda política más descabellada. Pero eso es otro asunto.

Lo que queda es una película para directamente zambullirse en ella y de su mano celebrar el mito inagotable de Steven Spielberg, pese a todo y pese a todas y cada una de sus rarezas. Quizá la reflexión de Lem no ande tan lejos de la del propio cineasta: los otros mundos son en verdad espejos y ningún espejo comparable en profundidad, claridad y emoción al cine, el cine de Spielberg.

Director: Steven Spielberg. Intérpretes: Emily Blunt, Josh O’Connor, Colin Firth, Colman Domingo, Eve Hewson, Wyatt Russell. Duración: 145 minutos. Nacionalidad: Estados Unidos.

 Noticias de Cultura

Te puede interesar